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Diciembre del 2005 |
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La risa en el arte |
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No existen demasiados ejemplos de obras de arte que representen abiertamente la risa, es decir, personajes que se explayen riendo a carcajadas. La imagen de dos hombres riéndose pintada por Francisco de Goya sería una de las excepciones. Paradójicamente, esa risa abierta enmascara un contenido más amargo y siniestro, según el programa iconográfico planteado en su serie de Pinturas Negras. Lo
que sí podemos apuntar es que en algunas etapas de la historia del arte
determinadas obras o tendencias han estimulado la carcajada del espectador.
Puede haber sido ésta avivada conscientemente por el artista, porque
es el sentido y el fin de su obra, o provocada por una reacción de burla,
rechazo, antipatía o incomprensión de la obra misma. La peor es esta
última, pues la risa se suscita por ignorancia, falta de experiencia,
de sensibilidad o de pulso en la percepción de la obra.
Si "la risa es sana", aplicado el dicho al mundo del arte puede entreverse además un gran desconocimiento, como ocurrió con aquel público parisino de 1874 que se desternillaba ante los cuadros de Monet, y de los que serían llamados impresionistas. El mismo crítico, Louis Leroy, de aquella ya mítica exposición celebrada en el estudio del fotógrafo Nadar, publicó un jocoso artículo que leído hoy nos resulta una primicia de frases divertidas e ingeniosas. Sin embargo, sus apreciaciones estaban llenas de incomprensión hacia los descubrimientos de aquellos jóvenes pintores, considerados después como pioneros del arte moderno. Las palabras de Leroy levantan la sonrisa del lector. Aunque la intención de aquellos artistas franceses no estaba en provocar, en satirizar ni en irritar a nadie, de hecho así ocurrió: la gente asistía a las exposiciones para reírse y así ratificar lo que consideraban obras mal pintadas. Los primeros artistas que aspiraron abiertamente a provocar al espectador fueron los dadaístas. Cuando Marcel Duchamp colocó a la célebre y venerada Monna Lisa (1505-1514) de Leonardo da Vinci un bigote, no sólo pretendía escandalizar al espectador con tamaña transgresión sino burlarse de todo el arte del pasado; se iniciaba así una corriente antiartística desmitificadora y deconstructiva que hizo fortuna a lo largo de todo el siglo XX. Ninguna obra maestra ha sido tantas veces plagiada y manipulada por los artistas contemporáneos y publicistas como la Gioconda. Se la ha envejecido, enlatado o, como aquí, masculinizado mediante un bigote y perilla. A la supuesta mujer Duchamp le ha dotado atributos de hombre, y así ironiza sobre el histórico misterio de su auténtico sexo, pues mucha ha sido la literatura desatada sobre si se trata de un autorretrato, un hombre transvertido o una mujer embarazada. El artista se sirvió de la Monna Lisa para jugar antiartísticamente, como solía hacerlo también con su propia persona: cuando se vestía de mujer, se fotografiaba y firmaba como Rrose Sélavy.
Mª Dolores A. Fernández
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