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Octubre del 2004 |
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El humor y los estudios de género |
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La práctica del absurdo como forma de lucha y de la sátira como el elemento de corrosión... devolverá al hombre una postura frente a sí mismo, y podrá abandonar a la sociedad con los elementos que quiera llevarse de ella El humor sexual de origen popular es un campo que, a pesar de su aparente trivialidad, ofrece un inmenso potencial al investigador de la sexualidad y el género, muy especialmente al de orientación constructivista. Con ejemplos del humor sexual mexicano actual, comprobaremos cómo éste es capaz de revelar cuáles son las reacciones del pueblo ante las "verdades" acerca del sexo que le imponen los discursos dominantes : cómo se resiste a ellas y cómo las va interiorizando. Observamos que el humor puede ser tanto un arma de crítica y resistencia populares, como, a la inversa, un mecanismo de dominación y de control social. Se nos hará evidente, en suma, hasta qué punto sería fructífero establecer un doble puente entre la sociología, los estudios de género y el humor.
Ya Freud señaló que los chistes e historietas eróticas que circulan entre el pueblo "son excelentes auxiliares para la exploración de la vida anímica inconsciente de los hombres". Efectivamente, las personas o grupos revelan, por medio de los chascarrillos picantes, los albures, los chistes... que cuentan, cuáles son los aspectos de la sexualidad que les causan ansiedad o zozobra; y si esas personas los viven así, probablemente sea porque en su sociedad esos aspectos de la sexualidad están siendo problematizados.
Desde su punto de vista psicoanalítico, Freud se dió cuenta de que "esas
pequeñas historias nos dan noticia directa sobre cuáles pulsiones parciales
de la sexualidad han conservado en cierto grupo de seres humanos particular
idoneidad para la ganancia del placer". Con "pulsiones sexuales parciales"
se refería a todos aquellos impulsos que no podían satisfacerse totalmente"
porque representaban prácticas prohibidas por la sociedad puritana de
su época (fines del siglo XIX y primeras décadas del XX). Dado que la
única práctica legitimada en la Europa de aquel entonces, especialmente
entre la burguesía, era el coito genital dentro del matrimonio heterosexual,
lo habitual era que cualquier actividad sexual que se saliera de estos
estrechos límites fuera vivida como problemática, como algo tabú, y
que su simple mención en los chistes causara cierta excitación en el
transgresor. Este conjunto de prácticas prohibidas, que Freud llamó
"aberraciones sexuales y vicios", incluían el sexo entre hombres, la
pedofilia, la zoofilia, el fetichismo, la masturbación, el sexo oral,
el sadomasoquismo y el sexo anal, entre otras.
Fijémonos
ahora en este chiste que cuenta Freud, sumamente revelador por presentar
a un psicoanalista que indaga en los hábitos sexuales supuestamente
nocivos de su paciente (en francés "onanie" quiere decir onanismo, masturbación;
"O nanie!",¡Oh, jamás!):
Un doctor pregunta a un paciente si en alguna época ha sido dominado por el vicio de la masturbación. El misterio envuelve todo lo que se relacione con el sexo en los países de raíz judeocristiana, ya que en ellos se ha perseguido durante siglos, de modo encarnizado, toda práctica sexual no ortodoxa. Hablar de estos temas se ha convertido en tabú, y así, necesitamos acudir al humor para abordar en un tono informal y no comprometido lo que no nos atrevemos a tratar desinhibidamente en el discurso formal. El simple hecho de aludir a los órganos genitales nos causa ya cierta excitación; muchos chistes se basan, de hecho, en la polisemia de las palabras que designan a los genitales, como podemos observar en los siguientes ejemplos:
En una iglesia estaba el padre dando misa cuando entra un hombre gritando: Una niña llega a su casa y le pregunta a su padre: Pero, ¿por qué se ha convertido en tabú todo lo que se relaciona con el sexo en nuestra cultura?, ¿por qué han llegado a problematizarse hasta tal punto todo ese tipo de prácticas sexuales no procreativas que Freud calificó de aberrantes?
Antes que nada, conviene que nos demos cuenta de que ese pudor que nos invade, esa emoción que sentimos cuando transgredimos la prohibición y rompemos el tabú por medio del lenguaje obsceno o los chistes picantes, no son universales. Seguramente un dicho como "El pecado original no fue causado por la manzana, sino por el miembrillo", que tanto regocijo causa en nosotros, sería considerado simplemente absurdo por, digamos, los zapotecas de Oaxaca. En primer lugar porque ellos no se sienten pecadores por naturaleza; en segundo lugar, porque no consideran que la sexualidad sea de por sí pecaminosa. Tal como nos explica Beverly N. Chiñas, la sociedad zapoteca no ejerce ninguna presión por ejemplo, para impedir que dos hombres o dos mujeres se emparejen o se vayan a vivir juntos si lo desean; toleran la bisexualidad, y los muxa (hombres afeminados) son apreciados y respetados. Lo que es más interesante, de acuerdo con esta antropóloga, es que en la lengua zapoteca las palabras que designan los órganos sexuales y las funciones corporales no son tabú. Es por esto que el hecho de usarlas en el lenguaje corriente no despierta en ellos ese morbo que sí suscita en nosotros; algunos observadores occidentales tienden a considerar que los hombres y mujeres zapotecas son groseros o desvergonzados, porque emplean libremente ciertas palabras "prohibidas".
Es necesario también que seamos conscientes de que tampoco en nuestra
propia cultura judeocristiana ha existido siempre esta vergüenza en
torno al sexo que hoy nos domina. De acuerdo con Norbert Elias, hasta
el Renacimiento los padres y maestros hablaban con los niños de la sexualidad,
de las prostitutas, de los problemas conyugales, etc.. de un modo relativamente
desinhibido y con fines fundamentalmente educativos; sin embargo a partir
del siglo XVIII y sobre todo del XIX, los sentimientos de pudor, los
escrúpulos, envuelven este ámbito de la vida y lo silencian; a los niños
ya no se les debe hablar claramente de la sexualidad, sino mediante
circunloquios, y ante todo debe inculcárseles la vergüenza en torno
a ella.
Tal como nos explica el filósofo francés Foucault, este control que
comenzó a ejercerse sobre el discurso del sexo fue uno más de los procedimientos
que nuestra cultura judeocristiana ha ido desplegando para lograr la
vasta empresa en la que se ha empeñado desde la Edad Media: la de establecer
como única sexualidad admisible la que se da con fines procreativos
entre los cónyuges. Las instituciones que se encargaron durante los
primeros siglos de ello fueron las iglesias cristianas, especialmente
a partir del Renacimiento, cuando comenzaron a perseguir con más saña
que nunca a los sodomitas, sacerdotes solicitantes y a otros tipos de
pecadores de la carne. A partir del siglo XVIII, las ciencias y las
instituciones del estado (escuelas, policía, etc.) se fueron implicando
también en la empresa; como por inercia, asumieron los prejuicios que
durante los anteriores siglos se habían ido creando en torno al sexo.
Este comenzó a ser interrogado: las ciencias empezaron a colonizar con
sus discursos, muchas veces falaces, el campo de la sexualidad, que
hasta entonces había permanecido relativamente ignorado. Se le pedía
a la gente que revelara sus intimidades, pero a la vez se implantó una
economía restrictiva del discurso sexual; es decir, se definió de una
manera mucho más estricta dónde y cuándo no era posible hablar de sexo.
Es lógico pensar que el folclore popular reaccionaría ante esta puesta en discurso del sexo que estaba siendo llevada a cabo, y que reflejaría lo que estaba ocurriendo en sus propias creaciones; tal como señala Foucault, "lo estricto de las reglas de las buenas maneras verosímilmente condujo, como contraefecto, a una valoración e intensificación del habla indecente. Efectivamente es muy probable que el humor sexual haya proliferado y aumentado cuantitativamente entre las clases populares, como respuesta a las técnicas de dominación, cada vez más refinadas, que los poderes han ido desplegando desde el siglo XVI. Es razonable suponer también que tanto la temática como el enfoque de los chistes populares fueran cambiando a lo largo del tiempo, de acuerdo con los distintos aspectos sexuales que iban siendo colonizados por los discursos dominantes y con las verdades sobre el sexo que se querían imponer. No profundizaré más aquí sobre estos asuntos, que podrían ser objeto de interesantes estudios históricos en la medida en que las fuentes escritas lo permitieran.
Ofreceré ahora algunas sugerencias más en torno a las aplicaciones potenciales
que el humor tendría para los estudios de género. Mis reflexiones provendrán
fundamentalmente del análisis de chistes y albures mexicanos, todos
ellos actuales, de los que ofrezco varios ejemplos; algunos los recopilé
oralmente, otros al acudir a las antologías. En concreto, me propongo
demostrar que.
1. En una sociedad y una época determinadas, se puede detectar la coexistencia de distintos discursos humorísticos que reflejan distintas perspectivas sobre la sexualidad: atestiguan que se esta construyendo un tipo de sexualidad específico para distintos grupos de población.
2. Los chistes que la gente cuenta reflejan la existencia de distintos
movimientos sociales o grupo de personas que se resisten a admitir ciertas
prohibiciones y conceptos en torno a la sexualidad. Pero, al mismo tiempo,
nos permiten conocer las normas, tabúes e ideas en torno al sexo que
más han calado en el tejido social, o en ciertos grupos de él, y que
por tanto juegan un papel importante en la construcción social de la
sexualidad.
A juzgar por los temas que el pueblo mexicano necesita abordar por medio
del humor, algunos de los asuntos sobre los que manifiesta mayores anhelos,
ansiedades o frustraciones parecen ser el matrimonio, la homosexualidad
masculina, el sexo oral, la impotencia sexual, los hijos fuera del matrimonio,
la educación sexual de los niños, las relaciones prematrimoniales, la
desnudez, los métodos anticonceptivos, las enfermedades venéreas, la
sexualidad de los ancianos, la masturbación, el incesto... Todos estos
parecen ser, por tanto, aspectos problemáticos en la sociedad mexicana;
sin embargo, hay dos que parecen causar especial zozobra en el mexicano,
si tenemos en cuenta la gran cantidad de chistes que generan.
El primero de ellos es el matrimonio. Tal como revelan los discursos humorísticos, éste parece vivirse muchas veces como una carga insoportable, llena de frustración sexual y de incomunicación, lo cual genera con frecuencia hostilidad hacia el cónyuge; los jóvenes demuestran tener reticencias para asumir esa responsabilidad de por vida; también preocupan mucho el tema del divorcio y los asuntos monetarios, así como la infidelidad, tanto del hombre como de la mujer. Como vemos, la opinión que por medio de sus chistes de la gente acerca del matrimonio, contrasta vivamente con la imagen dulcemente paradisiaca con que los discursos dominantes pintan a la institución conyugal. Nos carcajeamos cuando alguien nos dice que "la única forma de acabar con el problema de las madres solteras, sería instituyendo el Servicio Conyugal Obligatorio", pero si pensamos detenidamente, el asunto no es cosa de risa, ya que un servicio conyugal obligatorio es lo que pretenden imponer los discursos que idealizan la pareja monógama de por vida, que hacen sentir a los solteros y solteras como seres incompletos, y que problematizan todo ejercicio de la sexualidad fuera de ella.
Lo que ocurre de hecho en México es que coexisten dos modelos de la familia. Por un lado el importado de Europa, de tipo patriarcal, en el que se da una gran importancia a la fidelidad y en el que la sexualidad en general está más problematizada: éste es el modelo de las clases acomodadas y el más idealizado por la cultura dominante, aunque, a juzgar por el humor de los mexicanos, no es aceptado por gran parte de la población. Por otro lado, encontramos otro tipo de familia en la que el control sobre la sexualidad de sus miembros es más laxo y la promiscuidad sexual, especialmente la del varón, pero también la de la hembra, es mayor; frecuentemente el varón se desentiende de su familia y son las mujeres las que en muchos casos deben de sacar a sus hijos adelante. Éste es el modelo de la familia que los discursos dominantes tratan de modificar, fundamentalmente por medio de la intervención de la sexualidad de hombres, mujeres y niños: transformando la bisexualidad natural de hombres y mujeres en monosexismo (tener que identificarse como homosexual o como heterosexual); alimentando el ideal de amor romántico como unido al ejercicio de la sexualidad y problematizando las prácticas que buscan el mero placer; limitando drásticamente la sexualidad de niños y adolescentes, en especial la que éstos mantienen con adultos, con el fin de que no se habitúen a llevar una vida sexual demasiado desinhibida.
El segundo asunto que parece causar una especial inquietud en los mexicanos es el de la homosexualidad masculina. Profundizaré un poco más en este tema con el fin de demostrar la hipótesis, ya enunciada, de que pueden coexistir varios discursos que están construyendo la sexualidad de distintos modos, en grupos de población diferentes.
En México, como en el resto de Latinoamérica, en los pueblos de la cultura mediterránea y en el mundo árabe, los hombres de las clases populares gozan de una libertad de movimientos relativamente amplia: se espera de ellos que mantengan múltiples contactos sexuales, incluso estando casados. Las prácticas sexuales entre varones son relativamente frecuentes también, aunque se lleven a cabo en el más absoluto de los secretos; es éste un dominio privado masculino del que las mujeres, aparentemente no saben nada. A pesar de ello son muy poco los chistes en los que el mexicano reivindique su homoerotismo o en el que se ridiculicen las limitaciones sexuales que implica el ideal de masculinidad dominante en su cultura. Naturalmente, siempre hay algunas excepciones , como este chiste que reivindica explícitamente la bisexualidad:
Dos compadres se acaban de divorciar por el mismo tiempo, andan sin mujeres y uno dice: O como esta definición jocosa que del hombre ofrece el humorista Arreola:
HOMBRE: Persona que se exhibe siempre rodeado de mujeres y en privado se entrevista con otro igual a él.
Sin embargo, no es esto lo más frecuente. La mayoría de los chistes que tocan este asunto revelan que los hombres lo viven como algo sumamente problemático: no es extraño, si tenemos en cuenta que durante siglos la sexualidad del varón ha sido, en términos de Foucault, un "foco local de poder-saber", es decir, algo en que la moral eclesiástica y los discursos científicos han intervenido intensivamente. Uno de los objetivos principales de esta intervención ha sido la de extirpar toda forma de homoerotismo de la naturaleza fundamentalmente bisexual del hombre; en esta empresa se hayan implicados, aún hoy en día, muchos psicoanalistas, hecho sumamente paradójico, ya que fue precisamente Freud el que más claramente percibió que todos los seres humanos son esencialmente bisexuales, y que son las presiones sociales las que les empujan a inclinarse por la heterosexualidad exclusiva:
Todas
las personas, aún las más normales, son capaces de elección homosexual
de objeto, la han consumado alguna vez en su vida y la conservan todavía
en el inconsciente, o bien se han asegurado contra ella por medio de
enérgicas contra-actitudes. Estas dos comprobaciones ponen fin tanto
a la pretensión de los homosexuales de ser reconocidos como un "tercer
sexo" cuanto al distingo, supuestamente significativo, entre homosexualidad
innata y adquirida. Veamos qué es lo que ocurre, en este sentido, en México. Existen gran
cantidad de chistes acerca del joto o lilo, personaje en el que el hombre
mexicano proyecta todas las características que no quiere aceptar en
sí mismo: la debilidad, la emotividad, la cobardía, el afeminamiento,
la pasividad anal y oral, así como la posibilidad de mantener relaciones
efectivas con otro hombre. El joto es, como vemos, una construcción
social: una fantasía social que, interiorizada por aquéllos que se identifican
con ella, se convierte en realidad. Según el estereotipo tradicional
en México, es exclusivamente pasivo, y por tanto no puede nunca entenderse
sexualmente con otro como él, tal como se manifiesta en el siguiente
chiste (tiburón significa en este contexto "activo sexualmente" y ballena
"pasivo sexualmente):
Hay
un joto nadando en una alberca. Excepto en algunas de las subculturas indígenas y mestizas que toleran
o admiran a la figura del hombre afeminado, el joto sufre con frecuencia
la violencia y el acoso social y policial; muchas veces interioriza
esa imagen negativa que la sociedad proyecta sobre él, e incurre en
actitudes autodestructivas. Esto se manifiesta en ejemplos como el que
sigue que, significativamente, suelen causar gran hilaridad en los mismos
homosexuales:
Se
encuentran dos jotos, y uno tiene un chipote grandísimo en la cabeza. Aunque el joto es objeto continuo de escarnio y de ridículo, puede servir,
paradójicamente, como desahogo puramente sexual para el macho. Es necesario
observar que el hombre mexicano, tradicionalmente, no ha sentido que
pierda su masculinidad en tanto mantenga el papel activo de su relación
homosexual, y en tanto no se implique afectivamente. Sólo en este contexto,
podemos entender que chistes como el siguiente no causen conflictos
a quien lo cuenta ni lleven consigo un detrimento de su imagen ante
la sociedad:
- ¿Y
dónde anda nuestro amigo Próculo? La pasividad anal, sin embargo, sí es una práctica que está socialmente
vedada al hombre mexicano: ser penetrado sería tanto como convertirse
en joto, con toda la carga negativa que esto traería consigo. En realidad,
tal como indica Carrier, un alto porcentaje de hombres que comienzan
actuando como activos con otros hombres, acaban por asumir también el
rol pasivo. Tal vez por eso exista tanta ansiedad en torno a dicho tema,
como muestra este chiste:
Entra
un hombre a la cantina y pide una mezcla rarísima: un chorro de tequila,
otro de ron, un poco de pulque, canela y chile verde. Nos damos cuenta, por lo tanto, que la masculinidad en México está construida
tradicionalmente de tal modo que el hombre no siente disminuida su hombría
si mantiene relaciones sexuales con otro hombre, en tanto desempeñe
el rol activo. Ahora bien, al analizar el humor mexicano, se detecta
también la presencia de otros discursos que contienen conceptos diferentes
acerca de la sexualidad entre hombres: estos discursos provienen del
mundo angloeuropeo (norte de Europa y de Estados Unidos). La idea fundamental
que sostienen es que el simple hecho de desear a otro hombre es ya signo
inequívoco de una identidad homosexual permanente. Con este concepto
de heterosexualidad y homosexualidad como estilos de vida radicalmente
incompatibles, de lo que se trata es de aislar al homosexual como una
especie de ser humano diferente, y extirpar del resto de los hombres,
los heterosexuales, todo vestigio de homoerotismo. Nótese que este concepto
de la homosexualidad es muy diferente al tradicional en los países mediterráneos
y latinos. El temor del hombre mexicano tradicional no reside en la
posibilidad de desear a otro hombre, sino en la de perder su masculinidad
siendo penetrado, acto que lo convertiría en joto; el miedo del angloeuropeo
es llegar a desear a otro hombre, porque si eso le ocurre se verá imposibilitado
a desear a una mujer, va a convertirse en homosexual permanente. Veamos
ahora un ejemplo de chiste en el que se detectan la influencia de los
discursos occidentales, la cual se deja entrever por la dicotomía excluyente
que presenta entre los conceptos de homosexualidad y heterosexualidad:
Pasan
las horas y el flamante esposo ni siquiera se acerca a la esposa, así
que ella comenta irónica: - Oye, Lalo, ¿recuerdas que en la conferencia
de anoche afirmaron que cuando los hombres comienzan a volverse maricas,
pierden la memoria? Muy revelador es advertir, en este sentido, que los conceptos mexicanos
tradicionales en torno a la masculinidad hayan sido desplazados casi
totalmente de los discursos cultos dominantes, y que sólo se mantengan
en los discursos populares. Es sumamente significativo también que un
humorista mexicano como Rius, que en muchos aspectos demuestra contar
con un elevado sentido crítico, haya asumido los conceptos que en torno
a la homosexualidad se han importado de Europa y Norteamérica, sin cuestionarse
lo poco que se adecuan a la realidad social de su país: admite todos
los estereotipos negativos acerca del homosexual, entendido como opuesto
e incompatible con el heterosexual, y termina sus reflexiones con unas
frases lapidarias, nada cómicas, por cierto:
La
vida de los homosexuales es de lo más infeliz que puedan imaginarse,
llena de crisis, conflictos, soledad, inseguridad, persecución... y
generalmente termina en el suicidio...Creemos, con la mayoría de los
psicólogos, que la causa principal de que muchachos y muchachas se "desvíen"
es por mal ambiente familiar y una educación sexual errónea.
Rius se vio atrapado por el dispositivo que creó Europa para abordar
la sexualidad no procreativa, y sin darse cuenta se hizo un instrumento
más de él, convirtiéndose en un portavoz de lo que Sedgwick llamaría
"la fantasía occidental de crear un mundo sin homosexualidad".
Sin embargo muy bien podría haber tomado también como punto de partida
para sus reflexiones el comportamiento real de las clases mestizas e
indígenas de México.
Tomemos ahora la segunda hipótesis que lancé más arriba. Ya señalamos
antes que como respuesta a los discursos dominantes que tratan de imponer
sus "verdades", el pueblo reacciona y ofrece sus propios puntos de vista:
bien opone resistencia, bien las interioriza. Ya hemos visto algunos
ejemplos de chistes que revelan que muchos de los prejuicios y los conceptos
dominantes han calado profundamente en las clases populares de México;
en ellos se puede detectar qué aspectos de la sexualidad se sienten
como problemáticos, pero en vez de rebelión hay conformidad. Pensemos,
por ejemplo, en el albureo, tan común entre los hombres mexicanos, que
puede contemplarse como una reproducción ritual de las normas rectoras
de la masculinidad; de lo que se trata en este juego es de feminizar
al contrincante convirtiéndolo en pasivo oral o analmente. O reflexionemos
acerca de un chiste como éste, que muestra que la idea decimonónica
de que las perversiones son una degeneración biológica ha pasado desde
los discursos de la psicología a la mentalidad popular:
- Doctor,
estoy enamorado de un equino. Sin embargo, en ocasiones , la reacción puede ser también rebelde, una
acción encaminada a reafirmar un "placer que se enciende al tener que
escapar de ese poder, al tener que huirlo, engañarlo... placer que se
reafirma en el poder de mostrarse , de escandalizar o de resistir, como
indica Foucault.
Consideremos ahora algunos chistes que constituyen resistencias efectivas
que ciertos grupos de personas oponen a los discursos dominantes. Algunos
de ellos propugnan la liberación sexual de la mujer, conviene señalar
en este sentido que las feministas de Estados Unidos llevan ya varias
decadas empleando el humor como arma ideológica en su lucha contra el
patriarcado. En este chiste, por ejemplo, se cuestiona la idea que tradicionalmente
se le ha inculcado a la mujer de que ha de entregarse virgen e inexperta
a su hombre:
-¿Es
verdad que has sido novia de todos los del barrio? Éste se ríe del pudor sexual, reivindica el uso de preservativos como
método efectivo para combatir las enfermedades venéreas y ofrece información
útil acerca del peligro potencial que tiene la práctica del sexo oral.
Y lo hace en un contexto como el de México, en que tanta falta de información
existe por causa de la presión ideológica de una iglesia que parece
no querer reconocer cuáles son las verdaderas prácticas sexuales de
la población:
Aunque
hay varias damas presentes, entra volando a la farmacia y pide a gritos: El chiste que aparece a continuación se rebela ante la idea tan confundida
de que la promiscuidad es negativa, y ofrece un contraargumento que,
si nos paramos a pensar en él, es bastante racional:
- Oye,
¿tú que prefieres, masturbarte o coger? - Coger. Y los siguientes se burlan de las explicaciones míticas que sobre la
sexualidad se les da a los niños (fenómeno éste que, como ya comentamos
antes, se difundió durante los siglos XVIII y XIX) con las cuales se
les va preparando par que de adultos sean víctimas más fáciles del pensamiento
irracional y de explicaciones mágicas:
Pepito
ve a su papá que está haciendo pipí. - Oye, papá, ¿qué es eso que tienes
ahí? - Un ratoncito, hijo.
CONCLUSIONES:
Espero haber persuadido al lector de que el análisis de los discursos
humorísticos populares puede ser sumamente fructífero tanto para el
sociólogo como para el investigador del género. Es por medio del chiste
y la picardía como la gente expresa su verdadero sentir en torno al
sexo, y su estudio puede aportarnos, por tanto, datos valiosos acerca
del modo en que la feminidad y la masculinidad están construidas en
el nivel de las clases populares.
El humor sexual pone en evidencia, además el contraste que existe entre
el sentir popular y los discursos dominantes en torno al sexo: éstos
idealizan el matrimonio, problematizan las prácticas no procreativas
y legitiman únicamente el ejercicio del sexo cuando va unido al amor;
mucha gente, sin embargo, parece vivir el matrimonio como un suplicio
y disfrutar, o al menos anhelar, el ejercicio de una sexualidad placentera,
no necesariamente ligada al amor.
Los discursos populares revelan también cuáles son los estereotipos
que la población tiene en mente acerca de las mujeres, los hombres y
los homosexuales. Me parece especialmente relevante, en este sentido,
que las etiquetas de joto (en el mundo latino) y de homosexual (en el
mundo angloeuropeo) difieran tanto entre sí.
Ya comentábamos que la bisexualidad ha sido tradicionalmente un secreto
compartido por la mayoría de los hombres en las culturas árabes y latinas;
sin embargo, la cultura angloeuropea pretende crear una identidad homosexual
distinta a la identidad heterosexual. Este contraste entre culturas
deja bien patente que el intento en que muchos científicos esencialistas
están empeñados, el de encontrar algún factor biológico diferencial
entre homosexuales y heterosexuales, es, cuanto menos, ilusorio, porque
se fundamenta en la categorización propia de su cultura. ¿Analizarán
los esencialistas también los hipotálamos de los machos bisexuales mexicanos?
No debemos tampoco perder de vista el elevado potencial corrosivo y
relativizador con que cuenta el humor.
Es verdad que en muchos casos los chistes no hacen más que recrear y
perpetuar los prejuicios y falsos conceptos construidos en torno a la
sexualidad; pero no es menos cierto que también el humor es capaz de
desvelar las falsedades en las que se fundamentan los discursos dominantes
y puede hacernos tomar conciencia de los artificiales que son las normas
morales y sociales que condicionan nuestras vidas... A mi juicio esto
es algo que deberían tener en cuenta tanto el humorista profesional
como el aficionado, ya que el humor puede servir como arma de resistencia
popular afectiva. No por casualidad, resultan ser las personas menos
prejuiciosas y más tolerantes las que suelen contar con mejor sentido
del humor, tal como han señalado los psicólogos humanistas.
El potencial crítico con que cuenta el humor ha hecho que los espíritus
más intolerantes lo hayan considerado peligroso, y que algunos hayan
incluso deseado eliminarlo de la naturaleza humana: "estoy convencido
de que la humanidad no podrá regenerarse totalmente hasta que la risa
no haya desaparecido", afirmaba lapidariamente uno de ellos. Por suerte,
aún nadie ha inventado ningún mecanismo que acabe con el poder regenerador
de la risa...¿o sí lo habrán hecho? Miguel Fernández Fin
Fuente: La ventana, revista de estudios de género |
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