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Abril del 2005 |
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El control de la fecundidad entre los antiguos Chibchas |
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Los muiscas practicaban la abstinencia sexual después del parto, pues "era ley inviolable no llegar el marido a la mujer hasta muchos días después de haber parido". También acudían a esta práctica durante varios meses al año como parte de la cuaresma. Refiriéndose a los muiscas Francisco López de Gómara escribía:"Tienen dieta dos meses al año, como cuaresma, en los cuales no pueden tocar a mujer ni comer sal; y hay como una especie de monasterios donde muchas mozas y mozos se encierran algunos años. Castigan severamente los pecados públicos, hurtar, matar y sodomía, pues no consienten putos [...]". Empero, durante las fiestas que celebraban en la dedicación de sus casas y coronaciones de caciques, y en las de la labranza en los meses de enero, febrero y parte de marzo se embriagaban hasta el punto que "cada mujer y hombre se juntaba con el primero o primera que se encontraba, porque para esto había general licencia en estas fiestas, aun con las mujeres de los caciques y nobles". De esta forma se compensaba la abstinencia de los hombres que no habían podido conseguir mujeres por la poliginia practicada por la alta jerarquía. No era común el pecado nefando (la homosexualidad), al contrario, era castigado cruelmente empalando al culpable con una estaca de palma espinosa hasta que le salía por el cerebro, "porque decían era bien fuese castigado por donde había pecado" según López de Gomara. Existía una edad determinada para casarse, a juzgar por la mitología chibcha, y quizá tenía relación con "los años de discreción", cuando industriaban en buenas costumbres y vida honesta a los sucesores de los caciques, hacia los 15 ó 16 años. No obstante, a Goranchacha lo criaron hasta los 24 años en la misma casa del cacique, con título de hijo del sol, cuando por todas las regiones se sabía de su nacimiento y crianza y lo tenían como hijo de él. A su vez, la corta expectativa de vida al nacer de las mujeres (cercana a los 20 años) y posiblemente la reducción del período de fertilidad al sobrevenir tempranamente la menopausia (hacia los 40 años) disminuían la fecundidad femenina. Una mujer que se inicie a los 16 años y que le sobrevenga la menopausia a los 42 años puede tener cerca de doce embarazos durante el plazo de vida fértil. Si tiene una lactancia prolongada puede reducir el número de embarazos a ocho o seis. Con la reducción del período de los coitos, los abortos espontáneos y la mortalidad infantil se puede reducir el potencial de reproducción a 3-4 hijos. Si a este resultado le agregamos el efecto producido por la corta esperanza de vida de las mujeres, el infanticidio femenino y la poliginia el número de hijos se puede reducir a menos de tres conduciendo a un crecimiento demográfico cercano a cero. Erróneamente se ha considerado que las sociedades industriales tienen en general una fecundidad controlada de 2,6, es decir, con control deliberado de los nacimientos; mientras que en las sociedades preindustriales en donde no existe un control premeditado la fecundidad natural es de 6,1 en promedio. Por ejemplo, en las mujeres warao de Venezuela el promedio de nacimientos para todas las edades es de 5,4, y el número de hijos sobrevivientes es de 3,7. En los yanomamo del Brasil el promedio es de 3,25; en los kung del desierto del Kalahari en África del Sur es de 2,0; en los maori de Nueva Zelandia de la época de precontacto es 3,4. Entretanto, se ha demostrado mediante la información histórica, etnográfica y arqueológica que las sociedades prehispánicas sí tenían un control intencionado de la fecundidad, que generaba bajas tasas de crecimiento de la población a través de mecanismos que los occidentales han considerado como caprichos culturales. Harris y Ross concluyen que "el origen de esta hipótesis se halla en idealizaciones etnocéntricas, y especialmente eurocéntricas, del comportamiento de sociedades "progresivas" posteriores a la transición demográfica, en comparación con el comportamiento reproductivo de sociedades "atrasadas" pretransicionales... En consecuencia, los indicios del empleo de toda una gama de procedimientos culturalmente modelados que tienen el efecto demostrables de controlar la fecundidad en sociedades no contraceptivas (el aborto, la abstinencia, la lactancia) son categorialmente degradadas a la condición de conductas cuyo objetivo nada tenía que ver con el control de la fecundidad, y que en consecuencia no podía ser verdaderamente un control auténtico de la fecundidad en su pleno sentido noble e idealista. A este planteamiento hay que añadir la certeza que las sociedades prehispánicas, al igual que las indígenas actuales, sí usaron controles contraceptivos a manera de yerbas y rezos cuyos resultados, igualmente, son controvertidos por observadores occidentales. Por ejemplo, entre los sibundoyes o camëntsá del Putumayo, los tansbwá o curacas, las abuelas y madres experimentadas regulan la natalidad de las mujeres de la comunidad. Si quieren tener el bebé cuidan de la madre durante el parto y velan por una adecuada dieta y la eliminación de todo trabajo físico durante 40 días. Si no quiere tener hijos muy pronto, lacta a la cría durante tres o más años, de acuerdo al espacio que considere conveniente entre hijo e hijo. Para no quedar embarazadas utilizan diferentes hierbas, como la flor de palo cruz, chonduro rojo, flores de pajacan, semillas de aguacate macho en polvo, hojas y raíz del helecho macho, raspadura y raíz de palma de chonta macho. Para provocar el aborto emplean chonduro rojo macerado; la flor amarilla y la pepa de ruda más hojas de pajacan; también el yagé cuyos efectos vomitivos produce la expulsión del feto. Como afirma Jacanamejoy "estos métodos tanto de planificación como los de abortos nunca han producido enfermedades graves o alarmantes en las mujeres camëntsá, y, mucho menos nunca se ha colocado las manos sobre la mujer como lo hacen los médicos occidentales o las enfermeras que atienden los partos, los abortos y que a la vez implican ciertos riesgos". Los métodos anticonceptivos occidentales (operaciones, ligazones, dispositivos, medicinas) producen en las nativas obesidad exagerada, fuertes dolores de cabeza y de estómago que no pueden ser controlados por sus curacas y abuelas. José Vicente Rodriguez Cuenca
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