El condón es la mejor prevención con la que cuentan hoy las personas
sexualmente activas para combatir la transmisión del sida y de otras
enfermedades venéreas. Los preservativos que conocemos ahora están fabricados
con látex o con poliuretano, pero tienen una larga historia. Nuestros
antepasados se las han ingeniado desde hace más de dos mil años para
protegerse de las infecciones genitales, colocando como barrera distintos
tipos de capuchones en el pene, aunque con menor efectividad que los
actuales.
Hay evidencias de que se usaron desde antiguo en China, en Japón y en Egipto.
Las pinturas rupestres de Combarelles en Francia muestran que hacia
el siglo segundo antes de Cristo algunos hombres los usaban en la Europa
precristiana, y también eran conocidos en época del Imperio Romano.
En su confección se han empleado distintos materiales: telas como el
lienzo, el lino o la seda, papeles empapados en aceite, cueros, tripas
de pescado o de animales...
A partir del siglo XV comenzó a extenderse por los cinco continentes
la sífilis, una terrible enfermedad causada por el treponema,
una bacteria que había existido tanto en América como en Europa, pero
que mutó cuando el viejo y el nuevo mundo entraron en contacto. Esta
nueva variante del treponema se transmitía principalmente a través de
las relaciones sexuales y tuvo difícil cura hasta el descubrimiento
de la penicilina en el siglo XX. Sus efectos fueron devastadores y afectó
a todas las clases sociales; reyes como Felipe II de España o Enrique
XVIII de Inglaterra la contrajeron. Entonces
se consideró un castigo divino; por ello, en algunos hospitales, después
de tratar a los sifilíticos con el único remedio conocido, a base de
mercurio sumamente tóxico, se les castigaba con una somanta de palos
por su conducta desordenada y pecadora.
En el siglo XVI, Gabrielle Fallopius experimentó con unas pequeñas capuchas
de lienzo que cubrían únicamente el glande; de 1100 hombres que las
emplearon ninguno se contagió de sífilis. A partir de ahí, los condones
de tela y de tripas animales se fueron perfeccionando y se comenzaron
a emplear cada vez más, especialmente entre las clases altas y en los
ejércitos. Sin embargo, como ahora, sólo los sectores de la población
con más recursos tenían acceso a ellos, debido a lo complicada que era
su elaboración y a su alto coste. En el siglo XIX se hicieron muy populares
los condones de caucho vulcanizado; desde el XX se han impuesto los
fabricados con látex, un derivado del petróleo.
El condón es por lo tanto una herramienta que el homo sapiens ha desarrollado
inteligentemente a lo largo de la historia para mejorar su calidad de
vida. Es cierto que los actuales de látex puede fallar y que
es necesario manejarlos con cuidado -no rasgarlos con las uñas, emplear
un lubricante con base acuosa para que no se ablanden y se rompan, sacarlos
nada más acabar la relación y emplearlos sólo una vez- pero gracias
al avance de la ciencia el condón masculino es hoy en día más seguro
que nunca. Además
contamos desde hace pocos años con otra innovación estupenda: el condón
femenino. Se trata de una funda de poliuretano que se puede introducir
en la vagina con los dedos, antes de la relación sexual. Para las mujeres
tiene muchas ventajas, ya que en este caso son ellas las que mantienen
el control, y no dependen tanto de la voluntad del varón para protegerse
de enfermedades y embarazos no deseados.
Nos podemos preguntar, entonces, por qué siguen insistiendo los sectores
más fundamentalistas en desautorizar el uso del condón y en difundir
ideas erróneas acerca de su falta de efectividad. Quienes se
manifiestan contrarios aseguran que abstenerse totalmente de las relaciones
sexuales antes del matrimonio y mantener la fidelidad a tu cónyuge,
o la castidad de por vida si no te casas, es el único modo de protegerse
de las enfermedades venéreas. Esto es cierto, pero una utopía
que a la hora de la verdad muy pocas personas pueden llevan a la práctica.
Para darse cuenta de ello basta con mirar alrededor. El ser humano no es casto ni monógamo por naturaleza, sino más bien al
contrario; somos una evolución genética de los primates, y cualquiera
que los observe en el zoo o en la selva, verá que les encanta gozar
genitalmente, igual que a nosotros.
Observando la realidad social, comprobamos que los jóvenes y adolescentes tienen
gran curiosidad por experimentar con sus afectos y su sexualidad; una
vez que se emparejan, especialmente cuando ha pasado la época del enamoramiento,
la infidelidad, aunque sea a escondidas u ocasionalmente, es algo bastante
común; quienes deciden mantenerse solteros no por ello dejan de mostrar
interés por la sexualidad, aunque no tengan en mente el iniciar una
relación de pareja... y dentro del mismo clero, que supuestamente ha
hecho voto de castidad, saltarse la norma es de lo más frecuente, según
todos los estudios sociológicos.
El asunto es grave, porque estos sectores contrarios al uso del preservativo
no se limitan a elogiar la castidad, sino que además difunden ideas
erróneas para convencernos de que el preservativo no es efectivo.
Dicen que el virus del sida puede filtrarse a través de los microporos
del látex, que su porcentaje de fallos es muy elevado, incluso
que usar preservativos puede producir cáncer cervical. Aseguran
que el hecho de dar publicidad al condón como medida de protección es
una forma de fomentar la promiscuidad sexual... que lo único que hay
que enseñar es la castidad y la abstinencia sexual. Ya
en la primera guerra mundial ocurrió que la tasa de contagios en el
ejército de Estados Unidos se disparó, porque sus responsables sanitarios
se obstinaron en prohibir el uso del preservativo entre las tropas desplazadas
a Europa, pensando que un simple llamamiento a la abstinencia sexual
sería efectiva. No lo fue, porque el 76% de los soldados norteamericanos
adquirieron sífilis, gonorrea y otras enfermedades de transmisión sexual,
mientras que en otros ejércitos que promovieron el uso del preservativo
entre su tropa, la tasa de infecciones fue mucho menor.
Pero parece que no hemos aprendido las lecciones que nos da la historia.
Al cuestionar la validez del condón, al negarse a proponerlo como medida
de protección, al frenar las políticas que intentan hacerlo asequible
a las poblaciones con mayor riesgo, y al insistir en la abstinencia
como único modo de frenar la transmisión de enfermedades venéreas, los
sectores anti-condón están lanzando mensajes muy dañinos que afectan
a las poblaciones más desinformadas y con menor acceso al preservativo;
esto está causando estragos, especialmente en Latinoamérica y en Africa.
Un mensaje razonable como, "abstenerse de mantener relaciones sexuales
es el mejor modo de prevención, pero si practicas el sexo, nunca olvides
utilizar el preservativo, a no ser que tengas pareja estable y desees
tener hijos..." junto con la disponibilidad de preservativos baratos
para que los habitantes de los cinco continentes tengan acceso a él.
Sería el modo más efectivo de frenar la pandemia del sida.
Mariano Domínguez
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