Detalle de la Capilla Sixtina
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Los trapitos de la vergüenza

San Juan Bautista sin taparrabosEs de agradecer que con la última limpieza y restauración de los frescos de la Capilla Sixtina -realizada a finales del pasado siglo XX por un competente equipo de investigadores- junto con el hollín y demás elementos extraños que habían ido oscureciendo los vivos colores originales, fueran también eliminados algunos de los fastidiosos taparrabos. Menos de veinte, todos ellos de los siglos posteriores al XVII. Los anteriores se respetaron por su valor histórico, según adujo el Vaticano, ya que fueron colocados allí para hacer cumplir las ordenes del concilio de Trentro, clausurado en 1563: "que no se pinten ni adornen las imágenes con hermosura escandalosa ... que nada se vea desordenado, o puesto fuera de Taparrabos de San Juan Bautistasu lugar, y tumultuariamente, nada profano y nada deshonesto".

Los veintiseis taparrabos que siguen ensuciando los desnudos de Miguel Angel son el reflejo de esos pudores extravagantes en torno al cuerpo que se nos han ido instalando después de varios siglos de intervención sistemática de la moral judeocristiana. Por ello, hemos eliminado de modo simbólico tres de esos irritantes añadidos quSan Bartolomé sin taparrabose cubren aún muchos culos y entrepiernas del Juicio Final: la pielecilla de oveja de San Juan Bautista y las dos negras gasas vaporosas que disimulan la cosa de San Bartolomé y el trasero de un diablo. Nos hubiera gustado continuar con los otros Taparrabos de San Bartolomévientitrés trapos que siguen embozando a mártires, seres del averno, justos y almas en pena.

Hasta el siglo XVI la visión de la desnudez era algo relativamente habitual en las clases populares: uno podía quitarse la ropa ante los demás sin sonrojo si es que iba a dirigirse al baño o a descansar, y era una costumbre bastante extendida que las personas durmieran desnudas, solas o en grupo. Del mismo modo, esas risitas e inquietudes que hoy nos despierta cualquier alusión a las zonas tabú del cuerpo, o a las necesidades fisiológicas inconfesables, le hubieran parecido una tontería a cualquiera hace unos pocos siglos.

Un diablo sin taparrabosCuando Miguel Angel concibió los frescos, el cerco social en torno al cuerpo era aún bastante laxo, especialmente en lo que respecta a las clases populares. Desde luego la institución eclesiástica llevaba ya algunos siglos indagando en los placeres y planificando cómo podían transformarse los impulsos de la carne; de hecho pocos son los desnudos que alegran las representaciones contemporáneas del Juicio. No obstante, en esa Italia renacenDiablo con taparrabostista y pretridentina todavía pudo Bounarroti tomarse la libertad de prestar un homenaje al cuerpo con un claro espíritu grecolatino, aún cuando fuera para recrear un tema tan cristianamente edificante como el del Juicio Final. Su protector, el Papa Pablo III, se lo permitió.

Pero el cerco se iba estrechando. Se cuenta que cuando casi había concluido el fresco, el Papa y su maestro de ceremonias, Biaggio de Cessena, fueron a verlo. Este último no pudo ocultar su desagrado al ver tantas figuras desnudas y las censuró, exclamando que eran más propias de baños u hosterías que de capillas. Miguel Angel se vengó con suma agudeza: lo retrató entre los condenados, rodeado de demonios y con una serpiente que a punto estaba de picarle en ya se sabe donde -o más bien se sabe dónde desde que desapareció, con la última restauración, el espantoso trapo que ocultaba la interesante escenaRetrato de baggio en la Capilla Sixtina-. Se cuenta también que cuando el pobre fue a quejarse al Papa, éste le respondió guasón que tal vez si el artista lo hubiera colocado en el purgatorio aquello podría tener solución, pero dado que lo había pintado en el infierno no había nada que hacer, porque en el infierno ya no hay redención posible.

En 1541 Miguel Angel da por terminado el Juicio Final, y aún puede burlar la mogigatería acechante. No así en 1564, un año después de la clausura del funesto Concilio. Ya se hallaba Daniele de Volterra, el Braguetonne, entregado a la infame tarea de cubrir algunas vergüenzas de la Capilla, por orden de Pablo IV. La única réplica que pudo pronunciar el anciano pintor ante semejante ataque de locura colectiva fue, dirigiéndose al adusto pontífice: "Mejor que Su Santidad tratara de poner en orden el mundo, que cubrir el fresco es cosa de poco valor". En ese mismo año el sabio artista muere. Durante siglos continuaría la bárbara costumbre de ponerles calzones a sus gloriosas esculturas pictóricas. Hasta algún que otro papa propondría medidas más tajantes, como destruir los frescos. Y todavía hoy seguimos inventándonos excusas para no verlos tal como el singular genio los trajo al mundo.

Mariano Dominguez

 

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