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Octubre del 2007 |
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Los trapitos de la vergüenza |
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Los veintiseis taparrabos que siguen ensuciando los desnudos de Miguel Angel son el reflejo de esos pudores extravagantes en torno al cuerpo que se nos han ido instalando después de varios siglos de intervención sistemática de la moral judeocristiana. Por ello, hemos eliminado de modo simbólico tres de esos irritantes añadidos qu Hasta el siglo XVI la visión de la desnudez era algo relativamente habitual en las clases populares: uno podía quitarse la ropa ante los demás sin sonrojo si es que iba a dirigirse al baño o a descansar, y era una costumbre bastante extendida que las personas durmieran desnudas, solas o en grupo. Del mismo modo, esas risitas e inquietudes que hoy nos despierta cualquier alusión a las zonas tabú del cuerpo, o a las necesidades fisiológicas inconfesables, le hubieran parecido una tontería a cualquiera hace unos pocos siglos.
Pero el cerco se iba estrechando. Se cuenta que cuando casi había concluido el fresco, el Papa y su maestro de ceremonias, Biaggio de Cessena, fueron a verlo. Este último no pudo ocultar su desagrado al ver tantas figuras desnudas y las censuró, exclamando que eran más propias de baños u hosterías que de capillas. Miguel Angel se vengó con suma agudeza: lo retrató entre los condenados, rodeado de demonios y con una serpiente que a punto estaba de picarle en ya se sabe donde -o más bien se sabe dónde desde que desapareció, con la última restauración, el espantoso trapo que ocultaba la interesante escena En 1541 Miguel Angel da por terminado el Juicio Final, y aún puede burlar la mogigatería acechante. No así en 1564, un año después de la clausura del funesto Concilio. Ya se hallaba Daniele de Volterra, el Braguetonne, entregado a la infame tarea de cubrir algunas vergüenzas de la Capilla, por orden de Pablo IV. La única réplica que pudo pronunciar el anciano pintor ante semejante ataque de locura colectiva fue, dirigiéndose al adusto pontífice: "Mejor que Su Santidad tratara de poner en orden el mundo, que cubrir el fresco es cosa de poco valor". En ese mismo año el sabio artista muere. Durante siglos continuaría la bárbara costumbre de ponerles calzones a sus gloriosas esculturas pictóricas. Hasta algún que otro papa propondría medidas más tajantes, como destruir los frescos. Y todavía hoy seguimos inventándonos excusas para no verlos tal como el singular genio los trajo al mundo. Mariano Dominguez
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