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Los baruya: género y clase

Los baruya son un buen ejemplo de cómo la conversión de la diferencia sexual biológica en diferencia de género produce y legitima la división social y la explotación de la mujer por el hombre, a través de los mitos y tabúes, de los distintos ritos de iniciación, de la sexualidad y de la división del trabajo, incluso a través de la dominación de todos, hombres y mujeres, por parte de los Grandes Hombres.

Los baruya pertenecen a un conjunto de tribus del interior de Nueva Guinea y constituyen uno de los clanes dominantes ya que progresivamente, con la ayuda de los ndelie, fueron apropiándose de pequeños grupos vecinos. Viven en un terreno montañoso, a unos 2 mil metros de altitud y situado a 3 grados del Ecuador. Sus poblados, localizados en las laderas de las altas montañas, están rodeados de bosques de dos clases: bosque primario (tropical y húmedo) y bosque secundario (taro).

Sus principales actividades económicas son la agricultura (el cultivo intensivo de boniatos y en menor escala del taro, éste muchas veces sólo con carácter ceremonial y como símbolo de dominación masculina ya que sólo el hombre puede cultivarlo), la caza, y la producción de sal, muy importante para las relaciones de intercambio interregional, y también monopolio masculino.

Las relaciones de parentesco son de estructura patrilineal. El poder de la mujer en la elección del marido es muy reducido; el marido lo asigna la familia tras el rito de iniciación, y aunque se escuchan los deseos de la mujer, casi siempre prevalece la decisión familiar.

Según Godelier se trata de una sociedad acéfala, sin Estado y sin clases sociales, y con diferencias sociales que no generan apropiación de la riqueza. Sus grandes hombres se diferencian de los conocidos big men porque los bienes que acumulan son sólo de prestigio y reconocimiento social. Los rituales de iniciación son el elemento central de la estructura política y social, siendo en los diferentes ciclos vitales de las personas donde se determinará el papel de cada uno de los sexos en la vida social, ratificándose todo ello a través del mundo espiritual y cósmico, simbolismo constituyente del género. La jerarquización social viene dada por la existencia de estatus de prestigio y reconocimiento, que se obtiene del saber a partir del orden cósmico, saber reservado a los hombres.

La desigualdad se da en las diferencias entre el conjunto de la vida de un hombre y una mujer. Los diferentes ritos de iniciación así como sus mitologías y simbolismos marcan géneros totalmente diferentes. Por ejemplo, el rito de iniciación masculino dura 10 años mientras que el femenino sólo 15 días; además, el hijo deja de estar en contacto con la madre desde el rito de iniciación, mientras que la hija, con el rito, pasa directamente de la familia de origen a la conyugal.

El rito, en el hombre, se basa en resaltar sus elementos positivos, su fuerza y virilidad, mientras que en la mujer se basa en educarla en el sometimiento y la docilidad. El contenido de la iniciación femenina es elocuente: obligaciones y sumisión hacia el hombre, obligaciones y ayudas hacia la comunidad; regulación hasta el detalle del comportamiento femenino.

Todo está orientado a lo que en términos psicoanalíticos se llama "potencia del negativo" o complejo de Griselda es decir, se destruye una imagen, la femenina, para construir otra, la que los hombres quieren que sea: el yo femenino que se imaginan. Debido a que es imposible eliminar la potencia femenina, pues es necesaria para mantener la estructura social y los valores masculinos, entonces se le desvirtúa, aunque de ese negativo emana la potencialidad y la riqueza de los valores culturales femeninos. Un ejemplo: al entrar a la casa de los hombres por primera vez, se obliga a los jóvenes a pisar una plancha de madera situada en el suelo; más adelante, cuando sean más maduros, se enterarán de que esa plancha era la coesposade todas las mujeres de la tribu casadas o por casar; es decir, los auténticos valores culturales y sociales que ellas representan.

Ello se refleja claramente en la mitología baruya. El sol tiene nombre femenino y sin embargo es el símbolo de lo masculino (fuego y fuerza), relacionándosele con el esperma y otras sustancias corporales del hombre. Se trata, finalmente, de la apropiación de la naturaleza de la mujer por el hombre. La luna tiene un papel dual: para los iniciados es el hermano pequeño (masculino) del sol, y para los no iniciados es su mujer. De aquí que durante la estancia en la "casa de los hombres", en el periodo de iniciación, sea normal y tolerada la homosexualidad: en la mitología, los antes marido y mujer pasan a ser del mismo género, del género más poderoso y considerado mejor: el masculino. Después el hombre puede ser bisexual, mientras que la mujer no tiene esta opción.

Otra muestra es el mito de la creación de la vida animal y de los útiles más importantes (flechas y arcos). Es la mujer quien los crea, pero en miniatura, mientras que el hombre se apropia de ellos y los transforma en reales, adquiriendo con ello la fuerza del guerrero (representada por las flechas) y la del cazador (representada por el arco).

De esta manera la mujer queda totalmente desplazada de estos roles; no puede participar en la caza ni en la guerra, tan sólo en las disputas internas del poblado. La mujer tiene prohibido, igualmente, penetrar en el bosque espeso, donde residen la mayor parte de los espíritus, de forma que sólo el hombre puede entrar en contacto con ellos y recibir toda su riqueza, todo su saber. Es así apartada del mundo espiritual y cósmico y reducida al mundo material y cultural de la vida cotidiana del poblado, y ni siquiera en ésta tiene poder, pues lo que rige la naturaleza es el mundo espiritual y cósmico.

La mujer tiene capacidad de ejecución y acción, pero no de decisión (salvo la mínima). La mujer es sometida a través de la relación entre su propia sexualidad y su capacidad reproductora con el mundo mítico, que son los valores míticos representados en el hombre. El hombre, con su esperma, hace posible que la mujer para, y es él, con su esperma, quien alimenta al feto durante la gestación, mientras, la mujer sigue recibiendo, y abundantemente, esperma, mismo que se transforma en sangre, siendo el esperma-sangre el alimento de la criatura en gestación. Así, a la mujer se le roba simbólicamente hasta la maternidad, materializándose incluso este robo cuando el hijo, entre los 9 y 10 años, acude a los ritos de iniciación. Hasta entonces el niño se ha mantenido en el mundo femenino (vistiendo incluso ropas de niña), de forma que el salto a lo masculino-adulto se le hace aún más importante.

Las mujeres son consideradas necesarias pero negativas. Ejercen como negativos sin poderse descubrir en su totalidad. Los hombres, por ejemplo, conocen su sexualidad de una forma más amplia, y la homosexualidad jugará un papel importante en la transmisión de "fuerza". Las mujeres ni siquiera tienen esta posibilidad: las relaciones entre ellas son mucho más limitadas y castradoras, y se reducen al terreno de la gestualidad, no de la acción.

Como dice Foucault, "la castración y privatización sobre las conductas sociales, en su expresión corporal, lingüística, social, psicológica... se ha institucionalizado para generar, entre otras cosas,la productividad...

Respecto al trabajo y la propiedad podemos decir lo siguiente. La propiedad de la tierra es de los hombres; la mujer nunca puede heredar territorio; el reparto del cultivo y de la caza es también monopolio masculino. Las actividades de la mujer consisten en limpiar el manto del bosque primario, quemar las ramas, plantar y limpiar el huerto; recoger, transportar y cocer los tubérculos; criar cerdos, cultivar caña. Los hombres, por el contrario, realizan las obras de infraestructura (canalizaciones, desforestaciones) y sus monopolios: caza, producción de la sal, bosque secundario, etc. Las mujeres sólo pueden repartir el cerdo cuando se trata de un acto familiar; si el reparto es más amplio toma carácter mítico-ritual y sólo lo pueden hacer los hombres, igual si el cerdo entra en la dote. Las mujeres no pueden construir las herramientas de trabajo, éstas se las hacen sus maridos, de forma que la dependencia en lo referente a los medios de producción es patente. El hombre controla, además, el producto obtenido: cuando caza lo hace por ritual, para las ofrendas, por el nacimiento de un hijo, o bien sólo para ellos, los hombres, que se comen el producto en el bosque mismo o en la "casa de los hombres".

Godelier dice que la mujer baruya no es explotada porque la transmisión ideológica del poder mítico está por encima de las relaciones de explotación. Y así es, pero ello no quita la explotación, al contrario, la agrava. Las mujeres desarrollan algunas formas de resistencia e incluso de sabotaje, como por ejemplo dejar apagar el fuego del hogar (signo de la virilidad masculina) o no cultivar el huerto, o dejar morir a los cerdos (símbolos de la falta de estímulo y de desobediencia al marido). Si algo de ello se hace público constituye un enorme agravio para el hombre. Sin embargo, esta resistencia se da sólo a nivel individual, de forma que no puede llegar a transformar la realidad. Nos queda la duda de si podría haber llegado a ser colectiva, ya que la aparición de formas políticas "superiores" transformó la lucha de clases.

Si la dominación del hombre sobre la mujer se da con base en el mito, lo mismo sucede con el inicio del poder político, con la figura de los Grandes Hombres. La jerarquización social en los baruya es sumamente compleja. Los clanes ndelie y baruya son el centro, la representación del sol, mientras los nunyuye y los bakia (clanes integrados posteriormente) representan la periferia, la luna. Cada clan está a su vez jerarquizado internamente con una división dual: en el estrato superior están los hombres a quienes en el rito de iniciación se les asigna el kwainatnie, "lo sagrado", (sólo ellos pueden ser productores de la sal y cazadores del causario), y en el inferior están los hombres a los que no se les asignó el kwainatnie. Cada uno de los dos estratos está también jerarquizado, destacando en la cima del primero, y como cúspide de toda la organización, los Grandes Hombres: el Gran Guerrero (aulatta), el Gran Chamán (kulake), el Gran Cazador (kayallumale), el Gran Agricultor (tamaka) y el Gran Productor de la Sal (tsaimaye). Los Grandes Hombres señalan a quienes alcanzan el kwainatnie; designan a los hombres más aptos para las funciones importantes (la guerra, el chamanismo y la caza del causario) y también a quienes serán sus sucesores, teniendo así en sus manos la promoción social de los hombres (y de sus mujeres).

Godelier señala que los Grandes Hombres baruya no pueden ser considerados un caso de bigs men porque no acumulan riqueza. Esto no es tan claro principalmente en el caso del Gran Chamán, quien recibe regalos y es el único que puede ser polígamo, de forma que acumula brazos para trabajar, la principal riqueza baruya. Además, su vida será protegida por el conjunto ya que el Gran Chamán es un elemento de protección colectiva e individual, espiritual y material, y por lo tanto debe haber reciprocidad entre lo que él proporciona a los demás y lo que recibe de ellos. El Gran Guerrero, por su parte, tiene poder no sólo interno sino también externo: es el organizador de las relaciones con las otras tribus, de forma que cuanto más prestigio tenga un gran guerrero más posibilidades de paz habrá, organizándose a partir de él el intercambio con las otras tribus. Los Grandes Hombres representan las tres fuentes de poder en que se basarán los primeros Estados (la primera clase dominante): religiosa, político-militar y productiva. Son los magos, los políticos y técnicos especialistas de cuyos consejos, ampliamente seguidos, depende el conjunto de la vida de la tribu, incluyendo la actividad económica de las distintas familias.

El complejo sistema de jerarquización cumple no sólo funciones políticas y de acumulación sino que también es un mecanismo de reproducción de las relaciones de género. Los Grandes Hombres impiden la existencia de Grandes Mujeres. Algunas mujeres pueden ser más grandes que otras, destacar por encima de las demás, pero nunca podrán adquirir la categoría de Gran Mujer; su "poder" viene no de ellas sino de su marido. Así, las mujeres de los chamanes, a diferencia de sus maridos, no se pueden iniciar entre ellas mismas, sus poderes curativos son inferiores a los de los hombres (e incluso muchas veces cuestionados, motivo de risa para ellos) y tienen prohibidos algunos ritos curativos. Las mujeres no pueden hacer magia sino tan sólo la brujería de tipo inferior, lakia, aunque se les permite el uso negativo de la magia positiva sólo frente a un problema de tipo público (una mala cosecha, por ejemplo), y no la pueden ejercer sobre personas, a diferencia de la gritnie, el tipo superior de brujería, que es reservada a los hombres, secreta y dirigida a las personas más que a las cosas. Las mujeres de los guerreros también ocupan una posición de estatus, pero en la guerra en miniatura, en el interior del pueblo o entre clanes, en peleas poco importantes, usando como armas sólo palos y gritos y situadas en posiciones estratégicas poco importantes.

¿Es la mujer baruya una clase? Para Godelier no, pero no es ésta nuestra conclusión. Es paradójico que Godelier, quien en otros textos ha aportado las más ricas críticas al economicismo al señalar que en las sociedades primitivas la base material no es lo económico sino las relaciones de parentesco, en este caso haya caído en el uso de un concepto economicista de las clases afortunadamente ya superado.Por ello no profundiza en el hecho de que los baruya se encuentran precisamente en el nacimiento de la primera clase dominante basada en el poder político -los Grandes Hombres y su jerarquía-, lo que es posible gracias a la inicial explotación de la mujer, como nos decía ya Engels, "la primera clase explotada". No creemos que hoy pueda considerarse a la mujer como una clase social (algo que nos aclara el estudio de género), pero una de las consecuencias básicas del concepto no economicista de las clases es el comprender como éstas son diferentes en cada modo de explotación al estar formadas por la cambiante base material de éste (económica sólo en el capitalismo). En las relaciones con base en el parentesco el principal instrumento de dominación es el mágico-simbólico, y la comunidad baruya nos muestra cómo la división de género es pieza clave en dicho instrumento, máxime cuando se trata de sociedades, como nos explica Meillasoux, basadas más en la reproducción que en la producción de bienes.

Para Verena Stolcke, las diferencias de sexo no menos que diferencias de raza son construidas ideológicamente como "hechos" biológicos significativos en la sociedad de clases, naturalizando y reproduciendo así las desigualdades de clase. Es decir, se construyen y legitiman las desigualdades sociales y de género atribuyéndolas a los supuestos "hechos" biológicos de las diferencias de raza y sexo. El rasgo decisivo de la sociedad de clases a este respecto es la tendencia general a naturalizar la desigualdad social. Esta naturalización de la desigualdad social, en efecto, constituye un procedimiento ideológico crucial para superar las contradicciones que le son inherentes a la sociedad de clases.

La comunidad baruya nos muestra que esto sucede también en las situaciones de nacimiento de las clases. De aquí el sometimiento de la mujer, la justificación "sagrada" de la dominación a partir de un "hecho" natural, directamente relacionado con la base material-biológica existente, con las leyes de parentesco. La desigualdad social queda encubierta como natural o divina. Esta es la función de la división de géneros.

 

Dolors Gubau y Raúl García-Durán

 

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