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Indice 2 - El marido tuerto         
Literatura heterodoxa

El Heptameron
de Margarita de Navarra

- El clérigo incestuoso.

columna fina
ISBN: 9788478449026
Arte y erotismo en el mundo clásico
de Carmen Sánchez
ISBN: 9788497421393
El jardín de Venus: cuentos eróticos y burlescos con una coda de poesías verdes
de Felix Maria Samaniego
ISBN: 9788408065616
Tu sexo es aún más tuyo
de Sylvia de Bejar
Manual del sexo iluminado: habilidades sexuales para el amante superior
de David Deida
ISBN: 9788467020571
Por amor al deseo: historia del erotismo
de Gregorio Morales
 

De la abominable conducta de un clerigo incestuoso, que embarazo a su hermana, bajo pretexto de vida santa, y del castigo que sufrió.
  

El conde Carlos de Angulema, padre del rey Francisco, primero de este nombre, príncipe fiel y temeroso de Dios, estaba en Cognac cuando alguien le contó que en una aldea cercana, llamada Chevres, vivía una muchacha virgen de conducta tan austera que era algo admirable, a pesar de lo cual había aparecido embarazada, sin intentar disimularlo, asegurando a todo el mundo que nunca había conocido varón y que no sabía cómo le había ocurrido, a no ser que fuera obra del Espíritu Santo; lo que el pueblo creyó fácilmente, y la tenía y reputaba por una segunda Virgen María, ya que todos sabían que, desde su infancia, siempre fuera muy juiciosa y nunca hubo en ella un solo signo de mundanería. Practicaba, no solamente los ayunos mandados por la Iglesia sino también, por devoción, varias veces a la semana, y siempre que había algún servicio en la iglesia no se movía de allí. De modo que su vida era tan estimada por el pueblo que todos la iban a ver como si se tratara de un milagro, y se sentían muy felices pudiendo tocarle la ropa.

El cura de la parroquia era su hermano, hombre ya de edad y de vida muy austera, apreciado de sus feligreses y tenido por hombre santo, con opiniones tan rigurosas que hizo encerrar a su hermana en una casa, con lo que el pueblo estaba descontento; y tanto creció el rumor que las noticias (como os dije) llegaron a oídos del conde, el cual, al ver el engaño en que estaba todo el mundo, quiso deshacerlo. Así que envió a un oidor y un limosnero (ambas personas muy de bien) para saber la verdad. Estos llegaron al lugar y se informaron del caso lo más galanamente que pudieron, dirigiéndose al cura, que estaba tan aburrido del asunto que les rogó asistieran a la verificación que esperaba hacer al día siguiente. El dicho cura, por la mañana, cantó misa, a la cual asistió su hermana, siempre de rodillas y muy abultada; y al final de la misa, el cura tomó el "Corpus Domini", y, en presencia de todos los asistentes, le dijo a su hermana:

- ¡Malhadada de ti! He aquí a Aquel que sufrió muerte y pasión por ti, y ante Él te demando, ¿es cierto que eres virgen, como siempre me has asegurado?

Ella, audazmente y sin temor, le respondió que sí.

-¿Y cómo es posible que estés preñada si sigues siendo virgen?

Replicóle ella: -No puedo dar otra razón, a no ser por obra y gracia del Espíritu Santo que ha hecho en mí lo que le plugo; pero no puedo negar el bien que Dios me ha concedido al conservarme virgen, porque nunca tuve deseos de estar casada.

Entonces su hermano le dijo:

- Aquí te entrego el cuerpo precioso de Jesucristo, del cual recibirás tu condenación si no es tal como has dicho, de 10. cual serán testigos estos señores aquí presentes, enviados por el señor conde.

La muchacha, de casi trece años de edad, hizo este juramento: 

- Acepto el cuerpo de Nuestro Señor, aquí presente, y que El me condene, ante vuesas mercedes y ante vos mi hermano, si nunca me tocara hombre alguno que no fuerais vos.

El oidor y el limosnero se fueron muy confusos, creyendo que con tales juramentos no podía haber lugar a) engaño, y dieron cuenta al conde, queriendo persuadirlo para que creyera lo mismo que ellos. Pero éste, que era muy sabio, tras pensarlo bien, les hizo repetir de nuevo las palabras del juramento, y habiéndolas sopesado bien, les respondió:

- Os ha dicho que nunca la tocó otro hombre que no fuera su hermano y yo pienso que en verdad, ha sido su hermano quien le ha hecho el hijo y quiere encubrir su maldad con este gran fraude; y nosotros, que creemos que Jesucristo ya ha venido, no debemos esperar otro. Así que id allá y poned al cura en prisión; estoy seguro de que confesará la verdad.

Lo que fue hecho según su mandato, no sin grandes reproches por el escándalo que hacían a este hombre honrado; y así que el cura fue encarcelado, confesó su maldad y cómo había aconsejado a su hermana lo que tenía que decir para encubrir la vida que habían llevado juntos, no sólo con una excusa ligera, sino con un falso dar que pensar con el cual vivieran honrados por todo el mundo; y cuando se le reprochó cómo había podido, ser tan malvado para hacerla jurar en falso sobre el Cuerpo de Nuestro Señor, respondió que no era tan atrevido y que había presentado un pan ni consagrado ni bendito. Se dio cuenta de todo al conde de Angulema, quien pidió a la justicia que hiciera lo pertinente. Se esperó a que la hermana pariera, y después que naciera un hermoso niño, fueron quemados juntos hermano y hermana; y el pueblo sintió un gran asombro al ver, so capa de santidad, monstruo tan horrible, y bajo vida tan, sana y digna de encomio reinar tan detestable vicio. 

~  ~  ~

- Así fue, señoras, cómo la fe del buen conde no se dejó engañar por milagros ni signos externos, sabiendo muy bien que no tenemos más que un Salvador, que al decir "Consummatum est" no dejó lugar a otro sucesor para conseguir nuestra salvación.

- Os aseguro -exclamó Doña Oisille-, que es una extrema audacia bajo una gran hipocresía: ¡encubrir bajo la capa de Dios y buen cristiano tamaño pecado!

- He oído decir -comentó Hircan-, que aquellos que, so pretexto de una comisión del rey, cometen tiranías y crueldades, son castigados doblemente, porque encubren su injusticia con la justicia real; igualmente, ved cómo los hipócritas, aunque prosperen algún tiempo a la capa de Dios y de su supuesta santidad, bien es cierto que cuando Dios retira su manto los descubre y los deja desnudos del todo; y, al momento, su desnudez, indecencia y vileza se encuentran tanto más infames cuanto más honorable era su cobertura.

- Nada hay más placentero -aseguró Nomerfide-, que hablar con sencillez, tal como el corazón lo siente.

Hay motivo para burlarse de ella -respondió Longarine-, y creo que vos dais vuestra opinión según vuestra condición.

- Os diré -dijo Nomerfide-; yo veo que los locos viven {si no se les mata) más tiempo que los juiciosos; y no encuentro para ello más que una razón, y es que no disimulan en absoluto sus pasiones; si están furiosos, golpean; si se sienten felices, ríen; mientras que los que cuidan de ser juiciosos, disimulan tanto sus imperfecciones que tienen el corazón emponzoñado.

- Creo que decís verdad -asintió Guebrony que la hipocresía, ya sea para con los hombres o para con la naturaleza, es la causa de todos los males que padecemos.

- Sería una bella cosa -exclamó Parlamente-, que nuestro corazón estuviera tan henchido por la fe en Aquel que es toda virtud y toda alegría, que pudiéramos enseñarlo a todo el mundo.

- Eso sólo ocurrirá -arguyó Hircan-, cuando ya no haya carne sobre nuestros huesos.

- Pues bien cierto es que el espíritu de Dios, que es más fuerte que la muerte, puede mortificar nuestro corazón sin mutación de nuestro cuerpo-, dijo Doña Oisille.

- Señora -le respondió Saffredant-, vos habláis de un don de Dios...

- Que apenas tiene nada de común con los hombres -continuó Doña Oisille-, a no ser en aquellos que tienen fe. Mas, como esta materia es ininteligible para los que son carnales, sepamos a quién cederá Simontault la palabra.

- A Nomerfide -dijo aquél-, ya que como tiene un corazón alegre, sus palabras no serán tristes.

- Puesto que tenéis ganas de reír, en verdad que voy a aprestaros la ocasión, para mostraros cuánto dañan el miedo y la ignorancia.

Fin

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