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Vamos
a considerar ahora la educación sexual. No hay ninguna razón para
ocultar la verdad al dirigirse a los niños. Es necesario contestar sus
preguntas y satisfacer su curiosidad respecto al sexo igual que lo hacemos
cuando muestran interés por las costumbres de los peces o por cualquier
otro tema. Los niños no ponen en este asunto los sentimientos que ponemos
los adultos, y por tanto no entienden él por qué de ese énfasis. Es un
error comenzar hablándoles de los amores de la reproducción de las
abejas y de las flores, e inútil dar tantos rodeos para abordad estas
realidades de la vida. El niño al que se le explica lo que quiere saber y
a quien se le permite ver desnudos a sus padres se verá libre de la
lascivia y la obsesión sexual; los niños educados en la ignorancia
oficial piensan y hablan mucho más del sexo que los que han oído hablar
de este tema en el mismo nivel que cualquier otro. Cuando cotejan sus
propias experiencias con la ignorancia institucionalizada aprenden a ser
hipócritas con sus mayores. Y si se mantienen en la ignorancia surgen en
ellos unos sentimientos de escándalo y angustia que les dificultan la
adaptación a l vida real. Si toda ignorancia es lamentable, la ignorancia
en materia sexual es fuente de graves peligros. Cuando
afirmo que a los niños se les debe hablar de sexualidad, no quiero decir
que haya que explicarles escuetamente los hechos fisiológicos; afirmo que
hay que contarles todo lo que deseen saber. No hay que intentar pintar a
los adultos más púdicos de lo que son, o hablar del sexo como algo que
ocurre únicamente dentro del matrimonio. No hay excusa para engañar a
los niños; además, cuando descubren que sus padres les han mentido
pierden la confianza en ellos y se sienten justificados para mentirles a
su vez. Yo no obligaría a un niño a escuchar ciertos hechos, pero le
diría cualquier cosa antes que una mentira. Al fin y al cabo, la virtud
que se basa en criterios falsos no es una virtud verdadera. No hablo sólo
desde un punto de vista teórico, sino que me baso en la experiencia
práctica: estoy convencido de que la completa franqueza es el mejor modo
de evitar que los niños piensen demasiado en la sexualidad y la
consideren sucia o malsana; de hecho, es una condición necesaria para
poder instruirles correctamente en materia sexual. En
cuanto a la conducta sexual adulta, no es nada fácil llegar a un acuerdo
racional entre consideraciones opuestas, cada una de las cuales tienen su
propia validez. El principal conflicto se da, claro está, entre los celos
y la tendencia a la poligamia. Ninguno de estas actitudes es universal:
hay personas, aunque son pocas, que no son nunca celosas, y hay otras,
tanto hombres como mujeres, cuyo afecto no se aparta nunca del compañero
elegido. Si alguna de estas orientaciones fuera universal, sería fácil
concebir un código satisfactorio; sin embargo, son los convencionalismos
los que pueden hacer que una u otra tendencia sea la más común. Aún
queda mucho para alcanzar una ética sexual completa, y para poder avanzar
en positivo necesitamos más experiencia, tanto acerca del resultado que
tienen los distintos enfoques acerca de la sexualidad como acerca de los
efectos que se derivan de una educación racional en materia sexual. Está
claro que el matrimonio, en tanto institución, solo debería interesar al
Estado por los hijos, y que cuando los hijos no existen debería
considerarse un asunto meramente privado. También resulta evidente que,
incluso cuando hay hijos, al Estado le interesan únicamente los deberes
de los padres, principalmente los deberes financieros. En los países
donde el divorcio es fácil, como en los escandinavos, lo más
común es que los niños se queden con la madre, de modo que la familia
patriarcal tiende a desaparecer. Además, si el Estado llega a asumir los
deberes que hasta ahora habían sido de los padres, como ocurre cada vez
más con los trabajadores a sueldo, el matrimonio dejará de tener razón
de ser y posiblemente pasará a ser una costumbre exclusiva de las
clases pudientes y religiosas. Entretanto,
convendría que tanto los hombres como las mujeres practicaran las
virtudes de la tolerancia, la amabilidad, la sinceridad y la justicia al
desarrollar su sexualidad, y tanto durante el matrimonio como cuando se
produce el divorcio. Con demasiada frecuencia, quienes son sexualmente
honestos según el código tradicional, no piensan que deban
conducirse decentemente como seres humanos. La mayoría de los moralistas
se han obsesionado tanto con el sexo que han llegado a descuidar otras
normas éticas mucho más recomendables y útiles socialmente.
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