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Nuestra ética
sexual

por Bertrand Russell

Russell, el pragmático pacifista

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columna fina
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Vamos a considerar ahora la educación sexual. No hay ninguna razón para ocultar la verdad al dirigirse a los niños. Es necesario contestar sus preguntas y satisfacer su curiosidad respecto al sexo igual que lo hacemos cuando muestran interés por las costumbres de los peces o por cualquier otro tema. Los niños no ponen en este asunto los sentimientos que ponemos los adultos, y por tanto no entienden él por qué de ese énfasis. Es un error comenzar hablándoles de los amores de la reproducción de las abejas y de las flores, e inútil dar tantos rodeos para abordad estas realidades de la vida. El niño al que se le explica lo que quiere saber y a quien se le permite ver desnudos a sus padres se verá libre de la lascivia y la obsesión sexual; los niños educados en la ignorancia oficial piensan y hablan mucho más del sexo que los que han oído hablar de este tema en el mismo nivel que cualquier otro. Cuando cotejan sus propias experiencias con la ignorancia institucionalizada aprenden a ser hipócritas con sus mayores. Y si se mantienen en la ignorancia surgen en ellos unos sentimientos de escándalo y angustia que les dificultan la adaptación a l vida real. Si toda ignorancia es lamentable, la ignorancia en materia sexual es fuente de graves peligros. 

Cuando afirmo que a los niños se les debe hablar de sexualidad, no quiero decir que haya que explicarles escuetamente los hechos fisiológicos; afirmo que hay que contarles todo lo que deseen saber. No hay que intentar pintar a los adultos más púdicos de lo que son, o hablar del sexo como algo que ocurre únicamente dentro del matrimonio. No hay excusa para engañar a los niños; además, cuando descubren que sus padres les han mentido pierden la confianza en ellos y se sienten justificados para mentirles a su vez. Yo no obligaría a un niño a escuchar ciertos hechos, pero le diría cualquier cosa antes que una mentira. Al fin y al cabo, la virtud que se basa en criterios falsos no es una virtud verdadera. No hablo sólo desde un punto de vista teórico, sino que me baso en la experiencia práctica: estoy convencido de que la completa franqueza es el mejor modo de evitar que los niños piensen demasiado en la sexualidad y la consideren sucia o malsana; de hecho, es una condición necesaria para poder instruirles correctamente en materia sexual. 

 En cuanto a la conducta sexual adulta, no es nada fácil llegar a un acuerdo racional entre consideraciones opuestas, cada una de las cuales tienen su propia validez. El principal conflicto se da, claro está, entre los celos y la tendencia a la poligamia. Ninguno de estas actitudes es universal: hay personas, aunque son pocas, que no son nunca celosas, y hay otras, tanto hombres como mujeres, cuyo afecto no se aparta nunca del compañero elegido. Si alguna de estas orientaciones fuera universal, sería fácil concebir un código satisfactorio; sin embargo, son los convencionalismos los que pueden hacer que una u otra tendencia sea la más común.

Aún queda mucho para alcanzar una ética sexual completa, y para poder avanzar en positivo necesitamos más experiencia, tanto acerca del resultado que tienen los distintos enfoques acerca de la sexualidad como acerca de los efectos que se derivan de una educación racional en materia sexual. Está claro que el matrimonio, en tanto institución, solo debería interesar al Estado por los hijos, y que cuando los hijos no existen debería considerarse un asunto meramente privado. También resulta evidente que, incluso cuando hay hijos, al Estado le interesan únicamente los deberes de los padres, principalmente los deberes financieros. En los países donde el  divorcio es fácil, como en los escandinavos, lo más común es que los niños se queden con la madre, de modo que la familia patriarcal tiende a desaparecer. Además, si el Estado llega a asumir los deberes que hasta ahora habían sido de los padres, como ocurre cada vez más con los trabajadores a sueldo, el matrimonio dejará de tener razón de ser  y posiblemente pasará a ser una costumbre exclusiva de las clases pudientes y religiosas. 

Entretanto, convendría que tanto los hombres como las mujeres practicaran las virtudes de la tolerancia, la amabilidad, la sinceridad y la justicia al desarrollar su sexualidad, y tanto durante el matrimonio como cuando se produce el divorcio. Con demasiada frecuencia, quienes son sexualmente honestos según el código tradicional, no piensan que deban conducirse decentemente como seres humanos. La mayoría de los moralistas se han obsesionado tanto con el sexo que han llegado a descuidar otras normas éticas mucho más recomendables y útiles socialmente.

Fin Fuente: Bertrand Russell. Why I am not a Christian (1927)
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