Hay
dos tendencias muy primitivas que han contribuido, aunque en grados
diferentes, al advenimiento del código de conducta sexual corrientemente
aceptado; una de ellas es el pudor, y la otra los celos, de los que ya
hablamos antes.
El
pudor es prácticamente universal en el ser humano, y conforma un tabú
que solo puede romperse siguiendo ciertas formas o ceremonias. No es, como
han afirmado algunos autores modernos, un invento de la época victoriana;
de hecho, los antropólogos han hallado entre los pueblos primitivos las
formas más complejas de gazmoñería. El concepto de lo obsceno tiene
profundas raíces en la naturaleza humana; podemos oponernos a él por
amor a la rebeldía, por lealtad al espíritu científico o por el deseo
de sentirnos malvados como le ocurría a Lord Byron, pero con ello no lo
desarraigamos de la naturaleza humana. Sin duda son los convencionalismos
los que determinan en cada grupo humano lo que se considera decente o
indecente, pero el hecho de que exista universalmente uno u otro
convencionalismo al respecto, evidencia que su origen está más allá de
las convenciones. En casi todas las sociedades la pornografía y el
Exhibicionismo son considerados delitos, excepto cuando, como ocurre
frecuentemente, forman parte de las ceremonias religiosas.
El
ascetismo, que puede estar conectado psicológicamente o no con el pudor,
es una tendencia que parece surgir únicamente cuando se ha llegado a
cierto grado de civilización, pero entonces puede hacerse muy
poderosa. No lo encontramos en los primeros libros del Antiguo
Testamento, sino que aparece en los últimos, en los Evangelios Apócrifos
y en el Nuevo Testamento. Del mismo modo, entre los griegos se dio poco en
las épocas más primitivas, pero fue avanzando con el paso del tiempo. En
la India nació muy pronto y tomó fuerza. No voy a hacer un análisis
psicológico de su origen, pero no dudo que se trata de un sentimiento
espontáneo que existe, hasta cierto punto, en todos los seres humanos
civilizados. El deseo de liberar al espíritu de las servidumbres de la
carne ha inspirado a muchas de las religiones del mundo y es aún muy
poderoso entre los intelectuales modernos.
Sin
embargo, en mi opinión son los celos el factor más importante en la
génesis de la moral sexual. De modo instintivo, los celos provocan la
cólera, y la cólera racionalizada se convierte en reprobación moral. El
motivo puramente instintivo debe haber sido reforzado en una fase
primitiva del desarrollo de la civilización, debido al deseo masculino de
asegurarse la paternidad de sus hijos. Sin esta seguridad la familia
patriarcal hubiera sido imposible, y la paternidad, con todas sus
consecuencias económicas, no hubiera podido ser la base de todas las
instituciones sociales. Este es el motivo por el cual se ha considerado
malo tener relaciones con la mujer de otro hombre, pero no con una mujer
soltera; condenar el adulterio tenía razones prácticas, hasta el punto
de provocar el derramamiento de sangre. El asedio de Troya es un ejemplo
extremo de las consecuencias que podía traer no respetar los derechos de
los esposos; algo semejante, aunque a menor escala, era esperable en las
clases menos poderosas. Sin embargo, no había en aquella época derechos
equivalentes para las esposas; el marido no tenía deberes con respecto a
su esposa, aunque sí se veía obligado a respetar la propiedad de los
otros hombres casados.
La
antigua familia patriarcal, sustentada en esta ética de los sentimientos
de la que hemos hablado, funcionaba satisfactoriamente: los hombres, que
eran los que dominaban, gozaban de considerable libertad; la desdicha de
las mujeres, que estaban totalmente sometidas, no parecía importante. La
pretensión femenina de igualarse a los hombres es el factor que más ha
contribuido en la creación de un sistema nuevo. La igualdad sexual tiene
que ser asegurada de dos maneras: o bien exigiendo a los hombres una
monogamia igual que la exigida a las mujeres, o bien permitiendo a las
mujeres igual que a los hombres un cierto relajo del código tradicional.
El primer camino fue el preferido por la mayoría de los precursores de
los derechos de la mujer, y es aún el predilecto de las Iglesias; el
segundo, sin embargo, es el que tiene en la práctica más partidarios,
aunque les cueste justificar de modo teórico su postura. Quienes
reconocen la necesidad de una nueva ética sexual encuentran difícil
precisar cuales serán sus preceptos.
Otra
fuente de novedad es el efecto que han tenido los criterios científicos
en el debilitamiento de los tabúes sexuales. Hemos llegado a comprender
que muchos males, como las enfermedades venéreas, por ejemplo, no pueden
combatirse eficazmente si no se habla de ellos mucho más abiertamente de
lo que se ha permitido tradicionalmente. Así mismo, se ha descubierto que
la reticencia a tratar el tema provoca ignorancia, y que todo ello suele
tener efectos dañinos sobre la psicología individual. Los eruditos,
influidos por la sociología y el psicoanálisis, lamentan el silencio que
ha envuelto los asuntos sexuales; del mismo modo, muchos educadores de
corte pragmático han adoptado la misma actitud a raíz de sus
experiencias con los niños. Quienes mantienen un criterio científico al
abordar la conducta humana encuentran imposible tachar ningún acto de pecado,
porque se dan cuenta de que todo tiene su origen en la herencia y en el
medio; es mediante el dominio de estas causas, más que mediante la
denuncia moral, como logran evitarse las conductas nocivas para nuestra
sociedad.
A
la hora de buscar una nueva ética de conducta sexual no debemos dejarnos
dominar por las antiguas pasiones irracionales que dieron origen a la
antigua ética; pero debemos reconocer que pueden haber dado lugar a
algunas aportaciones válidas, aunque sea accidentalmente, y debemos
tenerlas en cuenta. Lo que nosotros podemos hacer en positivo es
preguntarnos qué reglas morales son las que contribuyen a la felicidad
humana, sin olvidar que sean las que sean, es muy improbable que se
observen universalmente. Por eso conviene considerar los efectos que van a
tener esas reglas en el mundo real, no los que tendrían si fuesen
absolutamente eficaces.