Las
familias de la alta y de la baja burguesía se diferencian entre sí, y estas a
su vez de las de los obreros industriales. Pero en todas ellas predomina la
misma atmósfera sexual moralizante. Este moralismo sexual no excluye la moral
peculiar de cada clase social; en este punto viven y crecen en compañía. Por
ello tomaremos como referencia el tipo predominante de familia: la de clase
media baja.
La
base de la familia de clase media es la relación al estilo patriarcal del
padre con la esposa y con los hijos. El padre es, por así decirlo, el portavoz
y representante de autoridad estatal en la familia. Es una especie de sargento,
subordinado en el proceso de producción y jefe en su función familiar. Mira
desde abajo a sus superiores, se impregna de la ideología dominante, a la que
imita, y es todopoderoso con sus inferiores. No se limita a transmitir las
ideas de la jerarquía y de la sociedad, sino que las impone.
En
cuanto a la ideología sexual, no hay diferencia entre la concepto de
matrimonio que tienen las clases medias y la idea básica de familia
predominante: el del matrimonio monógamo de por vida. Por miserable y
desesperada, por dolorosa e insoportable que sea la situación conyugal y la
convivencia familiar, sus miembros están obligados ideológicamente a
justificarla tanto hacia dentro como hacia fuera. Por necesidad social se
coloca una máscara en el rostro de la miseria y, para idealizar la familia y
el matrimonio, se saca de la manga el sentimentalismo familiar omnipresente con
sus marbetes de hogar feliz y protector, de puerto tranquilo que, según dicen,
es la familia para los niños. Y por el hecho de que en nuestra propia sociedad
la situación es aún peor, ya que la sexualidad carece por completo de apoyo
material, legal o ideológico, se concluye a la ligera que la familia es una
institución natural biológica. El juego de engañarse a sí mismo, así como
las proclamas sentimentales, de capital importancia para la creación de esta
atmósfera ideológica, son psicológicamente indispensables, ya que
contribuyen a que el psiquismo sobrelleve la intolerable situación familiar.
Así se explica que el tratamiento de la neurosis, al barrer las ilusiones y
poner la cruda verdad ante los ojos, pueda romper los lazos conyugales y
familiares.
El
fin primordial de la educación desde sus pasos iniciales es preparar a los
niños para el matrimonio y para la familia. La formación profesional viene
mucho más adelante. La educación negadora de la sexualidad no es un solo un
dictado de la atmósfera social; es también la consecuencia necesaria de la
represión sexual de los adultos. Sin un alto grado de resignación sexual, la
existencia en el ambiente de la familia coercitiva sería imposible.
En
la familia conservadora típica, la sexualidad se reviste de una forma
específica que moldea la mentalidad del individuo para el matrimonio y la
familia. En realidad, el niño queda fijado a sus fases eróticas pregenitales
porque la actividad sexual es drásticamente inhibida, al quedar prohibida la
masturbación, y desviada hacia las funciones alimenticias y excretoras. La
fijación pregenital y la inhibición genital son las causas de un desplazamiento del interés sexual en la dirección del sadismo. Además, se
reprime activamente la curiosidad sexual infantil, lo cual entra en abierta
contradicción con las condiciones de la vivienda, donde se desarrolla la
conducta sexual de los padres y hay un ambiente cargado de sexualidad. Desde
luego, los niños se dan cuenta de la situación, aunque la desfiguren e
interpreten a su manera.
La
inhibición ideológica y educativa de la sexualidad, combinada con la
observación de los actos íntimos de los adultos, van enseñando al niño los
fundamentos de la hipocresía sexual. Esto se atenúa un poco en las familias
obreras, donde las funciones alimenticias y digestivas tienen menos relieve y
la actividad genital vive más a sus anchas y es menos tabú. Las
contradicciones se suavizan y el acceso a la genitalidad está más despejado
para los niños de estas familias. Ahora bien, esto se debe únicamente a las
condiciones económicas de la clase obrera. Si un obrero mejora de situación
económica y se sitúa más alto en la jerarquía cambia de mentalidad y sus
hijos están expuestos a una presión más fuerte de la moralidad conservadora.
Mientras
que en la familia conservadora la represión sexual es más o menos completa,
se mitiga su efecto en el ambiente obrero porque los niños, las más de las
veces, viven abandonados a sí mismos.
La estructura triangular.
Por
su estructura triangular, la familia transmite al niño la ideología social
conservadora. Freud descubrió que el niño desarrolla afectos sexuales bien
definidos, tiernos y sensuales, hacia sus padres; este descubrimiento es
fundamental para comprender la evolución sexual del individuo. El llamado Complejo
de Edipo designa todas estas relaciones, conocidas tanto por su intensidad
como por las extremas consecuencias que tiene para la estructura familiar y el
entorno social.
El
niño dirige sus primeros impulsos afectivos genitales hacia las personas más
cercanas, generalmente los padres. Típicamente el niño ama a su madre y odia
a su padre, mientras que la niña hace lo contrario. Estos sentimientos de odio
y de celos se impregnan pronto de temor y de culpabilidad. La imposibilidad de
satisfacer el deseo incestuoso obliga a la represión del deseo, y de esta
represión nacen casi todos los trastornos de la vida sexual posterior.
Sin
embargo, no hay que olvidar dos hechos de la máxima importancia para el
desenlace de esta experiencia infantil. En primer lugar, no habría represión
si el muchacho, aunque forzado a renunciar al incesto, pudiera practicar el
onanismo y los juegos genitales infantiles. Los adultos no admiten con agrado
este tipo de juegos sexuales (el de los médicos, o el de ser novios) que
aparecen de modo espontáneo cuando los niños permanecen largo tiempo reunidos
a solas; y como ellos saben que a los mayores no les gustan, lo hacen a
escondidas y con sentimientos de culpabilidad que determinarán fijaciones
lúbricas perjudiciales. El niño que no participa en estos juegos cuando tiene
ocasión demuestra ser un buen alumno del sistema educativo familiar, y al
mismo tiempo un candidato seguro a sufrir graves trastornos en su futura vida
sexual. Ya no es posible cerrar los ojos ante la evidencia de estos hechos ni
escapar a sus consecuencias, imposibles de evitar por la educación
autoritaria.
La
represión de los impulsos sexuales primarios está condicionada, cualitativa y
cuantitativamente, por la manera de pensar y de sentir de los padres, según
sean más o menos severos, con una actitud más o menos contraria a la
masturbación, etc.
El
hecho de que el niño desarrolle su genitalidad en el hogar paterno, en la
crítica edad que va de los cuatro a los seis años, le impone las soluciones
típicas de la educación familiar. Un niño que desde los tres años fuera
educado en la compañía de otros niños y sin la influencia de la fijación a
los padres, desarrollaría una sexualidad completamente distinta. No se debe
pasar por alto tampoco que la educación individualista de la familia malogra
la educación colectiva, aun cuando el niño pase varias horas al día en la
guardería. En realidad, la educación familiar tiene mucha más influencia
sobre la guardería que al revés.
El
niño no puede aludir, entonces, la fijación sexual y autoritaria a los
padres. La autoridad paterna, severa o no, le oprime, aunque sólo sea por la
desproporción extraordinaria que hay entre su talla y la de sus padres.
Muy pronto, la fijación autoritaria se desembaraza de la fijación sexual y la
reduce a la existencia inconsciente; luego, cuando los intereses sexuales se
dirijan hacia el mundo extrafamiliar, esta fijación autoritaria se alzará
entre los intereses sexuales y la realidad como una barrera inhibitoria
infranqueable. Precisamente porque esta fijación autoritaria es en gran
medida inconsciente, se sustrae a la voluntad. Poco importa que esta fijación
inconsciente a la autoridad de los padres tome a menudo la apariencia de
rebelión de tipo neurótico. Esta no puede suprimir los intereses sexuales si
no es, quizás, bajo la forma de acciones sexuales impulsivas que muestran una
conexión patológica entre sexualidad y los sentimientos de culpabilidad.
Desarraigar esta fijación es un prerrequisito básico para una vida sexual
sana; pero tal como están las cosas hoy en día, pocos lo consiguen.
La
fijación a los padres, en su doble aspecto de fijación sexual y de sumisión
a la autoridad paterna, hace muy difícil, si no imposible, que los púberes
accedan a la realidad sexual y social. El ideal conservador de muchacho pacato
y de la muchacha irreprochable, momificados en el infantilismo hasta bien
entrada su vida de adultos, es diametralmente opuesto a la idea de una juventud
libre e independiente.
Otro
signo típico de la educación familiar es que los padres, y en particular la
madre, si no está obligada a trabajar fuera de casa, buscan en sus hijos, para
gran desgracia de ellos, la gran satisfacción de su vida. Los niños se
convierten entonces en animalitos domésticos, a quienes se les puede amar,
pero también maltratar a voluntad. Que la actitud emocional de los padres hace
a los hijos ineptos para la tarea educativa es una verdad tan conocida que no
merece más mención. La miseria conyugal, en la medida en que no se agota en
las divergencias de la pareja, se derrama sobre los hijos; esto ya es en si un
nuevo prejuicio para su independencia y para su estructura sexual. Pero además
crea otro conflicto: su rechazo al matrimonio, por la miseria conyugal que han
visto en sus padres. En la pubertad se producen frecuentes tragedias cuando los
muchachos, felizmente a salvo ya de la peligrosa educación sexual infantil,
intentan también liberarse de las ataduras familiares.
Así
pues, la restricción sexual que los adultos deben imponerse para poder tolerar
la existencia conyugal y familiar, influye en los hijos. Y como estos, a su
vez, por razones económicas, tienen que zambullirse de nuevo en la vida
familiar, la restricción sexual se perpetúa de generación en
generación.
Puesto
que la familia coercitiva, desde el punto de vista económico e ideológico es
parte constitutiva de la sociedad autoritaria, sería ingenuo esperar que
desaparezcan sus estragos en el marco de esta sociedad. Además, no hay que
olvidar que estos estragos son inherentes a la constitución misma de la
familia y están fuertemente anclados en cada individuo gracias a mecanismos
inconscientes.
A
la inhibición sexual que proviene directamente de la fijación a los padres se
añaden los sentimientos de culpabilidad derivados del enorme odio acumulado en
el transcurso de los muchos años de vida familiar. Si este odio permanece
consciente, puede desencadenar una poderosa fuerza revolucionaria; hace que el
individuo rompa sus ataduras familiares y podrá convertirse en fuerza motriz
de para intervenciones racionales contra las causas reales de este odio.
Si
por el contrario, el odio es reprimido, conduce a la fidelidad ciega y la
obediencia infantil. Estas actitudes constituyen, más tarde, un inconveniente
grave para aquellas personas que quieran alistarse en un movimiento
progresista. Tal tipo de individuos podrá abogar por la libertad total y, al
mismo tiempo, enviar a sus hijos a la catequesis dominical con la excusa de no
hacer sufrir a sus ancianos padres, aunque todo ello vaya en contra de sus
convicciones. Presentará todos los síntomas de indecisión y dependencia,
consecuencia de su fijación a la familia, y no será un buen militante de la
libertad. Idéntica situación familiar puede producir también un individuo
revolucionario pero de raíz neurótica, que germina frecuentemente entre los
intelectuales de clase media. Sus sentimientos de culpabilidad, mezclados con
sus sentimientos revolucionarios, lo hacen un miembro poco seguro del
movimiento revolucionario.
La
educación sexual familiar daña, por necesidad, la sexualidad del individuo.
Si una u otra persona logra desarrollar una vida sexual sana, es de ordinario a
expensas de sus lazos familiares. La represión de las necesidades sexuales
provoca una debilidad general en las facultades intelectuales y emocionales,
sobre todo en lo que respecta a la independencia, a la fuerza de voluntad y a
la capacidad crítica. La sociedad autoritaria no se preocupa por la moral en
sí; atiende más bien a las alteraciones del organismo psicológico que
determinan el anclaje de la moral sexual y forman esa específica estructura
ideológica que es la base psíquica colectiva de todo orden social
autoritario. La estructura servil es una mezcla de impotencia sexual, angustia,
necesidad de contar con un apoyo, veneración a un führer, temor a la
autoridad, miedo a la vida y misticismo. Se caracteriza por una lealtad devota,
entremezclada con impulsos de rebeldía. El miedo a la sexualidad y la
hipocresía sexual caracterizan al filisteo y a su ambiente. Los
individuos así estructurados son incapaces de vivir en una auténtica
democracia y anulan toda tentativa de instaurar y mantener organizaciones
inspiradas en principios auténticamente democráticos. Son el terreno abonado
sobre el cual pueden crecer las tendencias dictatoriales o burocráticas de los
jefes elegidos democráticamente.
Resumiendo,
la función de la familia es doble:
1-
Se reproduce a sí misma mutilando sexualmente a los individuos;
perpetuándose, la familia patriarcal también perpetúa la represión sexual y
sus derivados: transtornos sexuales, neurosis, alienaciones mentales,
perversiones y crímenes sexuales.
2-
Es el semillero de individuos amedrentados ante la vida y temerosos de la
autoridad; así, sin cesar, se perpetúa la posibilidad de que un puñado de
dirigentes imponga su voluntad a las masas.
Por
eso, la familia tiene para el conservador esa significación peculiar de
fortaleza del orden social en el cual cree. Es por esa misma razón, una de las
posiciones más encarnizadamente defendidas por la sexología conservadora. Y
es que la familia garantiza el mantenimiento del Estado y del organismo social,
en el sentido reaccionario.