Los conceptos de economía sexual que expongo aquí tienen
su fundamento en la observación clínica de pacientes que, en el
transcurso de un tratamiento analítico individual llevado a cabo con
resultados positivos, experimentan una transformación de su estructura
psíquica. Con todo derecho surgirá la duda: ¿pueden aplicarse así, sin
más, los descubrimientos relacionados con la transformación de una
estructura individual neurótica en una estructura individual sana, a los
problemas que sufre una estructura colectiva y a sus posibles
alteraciones?
En vez de perdernos en disquisiciones teóricas, vayamos directamente a los hechos,
que hablan por sí mismos. Es evidente que para entender la conducta irracional
colectiva tenemos que partir de las observaciones y experiencias que extraemos del
tratamiento de los individuos neuróticos. Después de todo, el principio es el mismo
que cuando se lucha contra una epidemia: para acabar con ella lo primero que hay que
hacer es examinar concienzudamente a cada una de las víctimas, con objeto de encontrar
el bacilo que causa la enfermedad y los efectos que produce. Pero la comparación va aún
más lejos: también en una epidemia ocurre que un mal de origen externo actúa sobre un
organismo que anteriormente estaba sano. En el caso del cólera, por ejemplo, no nos basta con
curar al paciente individual, sino que tendremos también que aislar el foco desde el que
se propaga el bacilo.
El comportamiento patológico del individuo medio es sorprendentemente semejante al de
nuestros pacientes en cada caso particular: la inhibición sexual en general; el carácter
compulsivo de las exigencias morales; la incapacidad de imaginar que la satisfacción
sexual es compatible con un trabajo de rendimiento aceptable; la absurda creencia de que
la sexualidad del niño y del adolescente es una aberración o una patología; la imposibilidad
de concebir otra forma de sexualidad que la monogámica de por vida; la falta de confianza
en las propias fuerzas y en la propia capacidad de juicio, con el consiguiente anhelo de
una figura de tipo paternal, omnisciente, que le guíe a uno... Los conflictos básicos en el
individuo medio son siempre los mismos, y las diferencias en el desarrollo individual no son
más que diferencias de detalle. Si queremos aplicar a la psicología de las masas lo que nos
enseñan los casos individuales, sólo podremos tener en cuenta los conflictos típicos que se
manifiestan en todos los individuos; de ese modo podremos aplicar a las masas las observaciones
hechas sobre los cambios de estructura que se producen en el individuo a lo largo del análisis.
Estos pacientes suelen manifestar ciertos síntomas típicos del trastorno psíquico:
su capacidad de trabajo se ve reducida y su eficiencia no se corresponde ni con lo que
la sociedad exige de ellos ni con sus capacidades reales, de las que ellos son
conscientes; la aptitud para lograr satisfacción genital se ve reducida significativamente,
cuando no anulada por completo; la capacidad natural de satisfacción genital ha sido sustituida,
sin excepciones, por otras formas no genitales de satisfacción (pregenitales); pueden tener
ideas sádicas asociadas al acto sexual, fantasías de violaciones, etc. A lo largo del análisis
siempre se llega a la convicción de que estos cambios en el carácter y en el comportamiento sexual
alcanzaron su configuración definitiva hacia los cuatro o cinco años de edad. Los efectos consiguientes
en las actividades sociales y sexuales aparecen tarde o temprano con toda su crudeza. El paciente
carga con un conflicto entre el instinto y la moral, y este conflicto es irresoluble mientras persista
la represión sexual neurótica. Las obligaciones morales, que el paciente se impone a sí mismo bajo la
presión de una permanente influencia social, aumentan la represión de sus exigencias sexuales y, en un
sentido más amplio, vegetativas. Cuanto mayor es el daño sufrido por su potencia genital, tanto más
se acentúa la desproporción entre la necesidad de satisfacción y la capacidad para alcanzarla.
Esto a su vez refuerza la presión moral necesaria para controlar los impulsos reprimidos.
Y dado que el conflicto es en su conjunto inconsciente, al menos en sus elementos esenciales,
el individuo es incapaz de resolverlo por sí mismo.
Ante el conflicto entre instinto y moral, entre el ego y el mundo exterior, el organismo
psíquico se ve obligado a acorazarse, a encapsularse, a protegerse tanto de sus propios
instintos como del mundo exterior. De este acorazamiento del organismo psíquico se deriva
una limitación, más o menos acusada, de la disponibilidad para la vida y la actividad
vital. Es necesario indicar que la mayoría de los seres humanos están constreñidos por
esta coraza; es un muro entre ellos y la vida. Esta es la principal causa de la soledad
que sufren tantos hombres en el enjambre de la vida colectiva.
El tratamiento, a través del análisis psíquico individual, libera las energías vegetativas
de su fijación a la coraza. La consecuencia inmediata es una intensificación de los
impulsos antisociales y perversos, acompañados de ansiedad social y de presión moral.
No obstante, si se consiguen eliminar al mismo tiempo las fijaciones infantiles al hogar
paterno, los traumas de la primera niñez y los tabúes antisexuales, un flujo cada vez más
abundante de energía se abre camino hacia el sistema genital, y así comienzan a revivir
las necesidades genitales naturales, o aparecen por primera vez. Si además logramos
anular las inhibiciones y la ansiedad genital, de modo que el sujeto adquiera una
capacidad de satisfacción orgiástica completa, y si el paciente tiene la buena suerte
de encontrar un compañero o compañera que le convenga sexualmente, observaremos un cambio
notable, y a menudo sorprendente en su comportamiento en general. Detengámonos ahora
en los aspectos más importantes de este cambio.
Mientras que antes todos los pensamientos y actos del paciente estaban sometidos a la
influencia más o menos perturbadora de motivos inconscientes e irracionales, ahora es
cada vez más capaz de actuar de manera racional. En el curso de este proceso desaparecen
sucesivamente y de modo espontáneo las tendencias al misticismo, a la religiosidad, a la
dependencia infantil, a las creencias supersticiosas, etc., sin que el paciente reciba
ningún adiestramiento específico al respecto. Antes el paciente estaba completamente
acorazado, sin contacto consigo mismo ni con lo que le rodaba, y sólo era capaz de
establecer contactos de compensación no naturales; ahora se interesa más y más por el
contacto natural e inmediato, tanto con sus propios impulsos como con el mundo que le rodea.
El resultado del proceso es una mejoría visible del comportamiento natural en lugar del
comportamiento artificial de antes.
En la mayor parte de los pacientes observamos, por así decirlo, una doble naturaleza:
hacia fuera se muestra antinatural, excéntrico, pero detrás de esa apariencia patológica
podemos descubrir al sujeto sano que hay dentro. Lo que hace a las personas diferentes unas
de otras, tal como están las cosas hoy en día, es esencialmente la forma particular que cada
uno tiene de exteriorizar su comportamiento neurótico. Durante el proceso de curación la
diferenciación individual desaparece considerablemente y da paso a una simplificación del
comportamiento. Esta simplificación hace que los pacientes en vías de curación se asemejen
unos a otros en sus rasgos fundamentales, sin perder por ello sus características individuales. Por ejemplo, cada paciente inventa una excusa diferente para explicar su falta de aptitud en el trabajo; sin embargo, si se desembaraza del obstáculo que le impide trabajar y gana confianza en sí mismo, pierde también todos aquellos rasgos característicos que le servían para
compensar su sentimiento de inferioridad. En todos los individuos es bastante parecido el modo en que va aumentando la confianza en sus propias capacidades, cuando ven que su rendimiento en el trabajo va mejorando; justo lo contrario de lo que ocurre en los casos de compensación antes mencionados.
Igual ocurre con la actitud que los sujetos tienen hacia la vida sexual. Quien ha reprimido
su sexualidad desarrolla formas muy dispares de autodefensa moral y estética. Pero si el
paciente recupera el contacto con sus propias necesidades sexuales desaparecen las diferencias
neuróticas. La actitud hacia la sexualidad natural se parece mucho en todos los individuos.
Se caracteriza, sobre todo, por la afirmación del placer y por la pérdida del sentimiento de
culpabilidad sexual. El antagonismo irreconciliable que había antes entre las urgencias del
instinto y las inhibiciones morales obligaba al paciente a regular todos sus actos según los
dictados de una ley exterior y superior a él. Todo cuanto pensaba y hacía era medido y pesado
por una unidad de valor moral, aunque al mismo tiempo protestara contra esta imposición.
Si en este proceso de cambio el paciente reconoce, no solo la urgencia sino la indispensabilidad
de la satisfacción genital, es entonces cuando se deshace de su camisa de fuerza moral y,
con ella, de la represión de sus necesidades instintivas. Antes, la presión moral había
intensificado el impulso y lo había hecho antisocial; esta intensificación del impulso
exigía , a su vez, un aumento de la presión moral; ahora, cuando se equilibran la
capacidad de satisfacción y la necesidad del impulso, el individuo desecha la reglamentación
moral. Y desaparece, por inútil, el rígido mecanismo de autodominio que antes le era
indispensable. Se han anulado las energías antisociales del impulso y ya no quedan más que,
acaso, algunos residuos que exijan control. El individuo sano ya no tiene, prácticamente,
moralidad en sí mismo porque tampoco tiene impulsos que necesiten una inhibición moral.
Resulta fácil controlar el resto de los impulsos antisociales, quizás todavía presentes,
con tal de que se satisfagan las necesidades genitales básicas. Todo esto aparece con toda
claridad en el comportamiento práctico del individuo que ha conseguido su potencia orgiástica.
Sus relaciones con prostitutas son innecesarias; las fantasías de crímenes
sádicos pierden
su viveza y significado; exigir amor como un derecho o violar con prepotencia resulta
inconcebible; la seducción de niños, impulso que quizás antes existía, es una idea absurda;
desaparecen totalmente las perversiones anales, sádicas, etc., y con ellas desaparecen
también la ansiedad social y los sentimientos de culpabilidad; la fijación incestuosa a los
padres, hermanos y hermanas pierde su interés y se libera la energía que antes era objeto
de inhibición. Resumiendo, todos estos cambios indican que el organismo psíquico está maduro
para su autorregulación.
Los individuos que consiguen la capacidad orgiástica se inclinan por las relaciones monógamas
mucho más que aquellos cuyo desahogo natural está frenado. Sin embargo, la actitud monógama
de los primeros no se basa en la inhibición de los impulsos polígamos o en consideraciones
de tipo moral, sino en los principios de economía sexual que abogan por la repetición del
deseo siempre fascinante de experimentar un intenso placer con la misma persona. Para ello
se requiere la completa armonía sexual entre los dos participantes. En este sentido no
existen diferencias entre hombres sanos y mujeres sanas. Si, por el contrario, falta el
compañero o compañera apropiados, lo que es regla general en las circunstancias presentes,
la actitud monógama degenera en su contraria: en la búsqueda insaciable de la persona adecuada.
Si se encuentra ésta se restablece automáticamente la actitud monógama, que dura tanto tiempo
como duren la armonía y la satisfacción sexuales. Los pensamientos y deseos relacionados con
otras personas, o se presentan muy débilmente o no se materializan a causa del interés concentrado
en la pareja. Sin embargo, la primitiva relación se marchita sin remedio cuando otra se afianza
con la promesa de una felicidad más elevada. Este hecho incuestionable está en oposición declarada
con todo el orden sexual de la sociedad actual, en la que los intereses económicos y las consideraciones
para con los niños contradicen los principios de la economía sexual. Por esa razón, bajo las condiciones
de un orden social adverso a la sexualidad, los individuos más sanas son precisamente los más expuestos
a los sufrimientos más intensos.
Muy diferente es la conducta de los individuos cuya capacidad orgiástica está perturbada, es decir, la de la mayoría de los individuos; dado que experimentan menos placer en el acto sexual, pueden pasar un periodo de tiempo más o menos largo sin formar pareja; por otra parte son menos exigentes, porque el acto sexual no tiene para ellos gran significación. La relativa indiferencia en la elección de sus relaciones sexuales es una consecuencia de la perturbación que les afecta. Los individuos así perturbados sexualmente pueden someterse a las exigencias de un matrimonio de por vida; sin embargo, su fidelidad no se basa tanto en su satisfacción sexual cuanto en sus inhibiciones morales.
Cuando el paciente en vías de curación consigue formar la pareja que conviene a su vida sexual,
desaparecen los síntomas nerviosos y es capaz, además, de ordenar su
vida con una facilidad sorprendente, antes desconocida. Se libera de sus
conflictos neuróticos y gana una seguridad benéfica que le permite ser
dueño de sus actos y mejorar sus relaciones sociales. En todo caso, sigue
de modo natural el principio del placer. La simplificación de su actitud,
que se manifiesta tanto en su estructura física como en su pensamiento y
en sus sentimientos, hace que aleje de su vida muchas causas de
conflictos; al mismo tiempo, adopta una actitud crítica frente al orden
moral vigente.
Así
pues, parece claro que el principio de regulación moral se opone al de
autorregulación por la economía sexual.
En
nuestra sociedad, sexualmente enferma y que al mismo tiempo se opone a
promover la salud sexual, la completa recuperación de un paciente
neurótico es muy difícil, por no decir imposible. En primer lugar, hay
un número muy reducido de individuos sexualmente sanos que puedan formar
pareja con el paciente en vías de curación; además, están las barreras
levantadas por la moral sexual coercitiva. La persona que ha recobrado ya
su salud genital cambia necesariamente su hipocresía inconsciente por una
hipocresía consciente con respecto a todas esas instituciones y
situaciones sociales que le impiden el desarrollo de su sexualidad sana y
natural. Otras personas logran modificar de tal modo su entorno que
reducen el influjo de los obstáculos sociales e incluso los anulan.
Me
he limitado aquí a ofrecer una exposición general de los hechos; para un
estudio más detallado del tema remito al lector a los libros La
función del orgasmo (1927) y Análisis del carácter (1933).
Las experiencias clínicas mencionadas en ellos nos autorizan a formular
conclusiones generales sobre la situación social. Es cierto que pueden
desconcertar a primera vista la amplitud de estas conclusiones, que
abarcan temas como la prevención de la neurosis, la lucha contra el
misticismo y la superstición, el sempiterno conflicto entre la naturaleza
y la cultura, el instinto y la moral, etc. Pero tras muchos años de
revisar trabajos etnológicos y sociológicos, hemos llegado al firme
convencimiento acerca de la exactitud y la validez de estas conclusiones
fundadas en la observación del cambio producido en la estructura
psíquica de los individuos que abandonan el principio de moralidad por el
de la economía sexual. Supongamos ahora que un movimiento social consigue
modificar las condiciones de tal manera que, en lugar de la negación de
la sexualidad, reestableciera la afirmación de la sexualidad, con todas
sus implicaciones económicas- En ese caso podría operarse un cambio en
la estructura psíquica de las masas. Desde luego, esto no significa que
fuera posible someter a tratamiento a todos los miembros de la sociedad,
error frecuente entre los malos intérpretes de la economía sexual.
Significa simplemente que las experiencias obtenidas en la transformación
de la estructura individual nos sirven para formular principios válidos
que sirvan de fundamento para una nueva educación destinada a niños y
adolescentes, educación que terminaría con los conflictos existentes
entre naturaleza y cultura, entre individuo y sociedad, entre sexualidad y
sociabilidad.